Tecomatlán no es un municipio cualquiera; es la cuna histórica del antorchismo nacional y el testimonio vivo de lo que el pueblo organizado puede edificar cuando toma en sus manos la conducción de su propio destino.
Si uno sale a la calle por las mañanas en nuestras colonias o recorre las parcelas y caminos de nuestras comunidades campesinas en San Luis Potosí, lo hace pensando en los problemas cotidianos: el agua que no llega a los hogares, el precio de la despensa que no deja de subir, la falta de obras básicas o la lucha constante por asegurar un pedazo de tierra para la familia.
Desde mi modesto punto de vista cuando se habla de que la gente está despolitizada y de que es necesario que las masas se politicen, se hace referencia, sobre todo, a que estas deben saber que la política no es cualquier cosa sino la toma de decisiones que rigen tanto a los individuos como a los grupos sociales, a través de la estructura jurídica-política (o superestructura social) comúnmente llamada Estado.
Tras 50 años de la fundación de la Escuela Secundaria Técnica número 16 de Tecomatlán, Puebla, es necesario hacer una pausa y reflexionar sobre el verdadero significado de este acontecimiento.
Cada 6 de junio, Antorcha recuerda a sus muertos, a sus mártires. El 6 de junio no es una fecha elegida al azar; es el día en que recordamos a nuestros mártires, hombres y mujeres del pueblo asesinados por las balas de la reacción terrateniente y caciquil de Tecomatlán, por el único “delito” de organizar a los campesinos y exigir justicia social.
El trabajo informal abarca a una porción considerable de la fuerza laboral en México, ya que con base en los datos de la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo del Inegi 2026, la tasa general de informalidad laboral representa un 55.1 % de la población ocupada a nivel nacional.