MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La violencia sigue llegando a las escuelas

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• El ataque en una secundaria de Torreón alerta sobre la necesidad de mejores espacios formativos

La violencia ya no toca las puertas de las escuelas; irrumpe en ellas. Y cuando una escuela, que debería ser un lugar seguro para aprender y convivir, termina convertida en escenario de una agresión, algo muy serio está pasando en la sociedad.

Lo ocurrido en la Escuela Secundaria General Número 13 del ejido La Unión, en Torreón, Coahuila, nos obliga a detenernos y pensar. Dos exalumnos ingresaron al plantel y atacaron con un machete y petardos a docentes y estudiantes.

La agresión terminó con la vida de la subdirectora. No podemos acostumbrarnos a leer este tipo de noticias y pasar a la siguiente página como si se tratara de un hecho más.

La pregunta que deberíamos hacernos es sencilla, pero incómoda: ¿cómo llegamos hasta aquí? El caso de Torreón no es un hecho aislado dentro de un problema mucho más amplio.

Un registro documental sobre incidentes con armas de fuego en escuelas mexicanas contabiliza 157 casos desde el año 2000 y 31 durante 2026, hasta septiembre. Más allá de la cifra, lo verdaderamente preocupante es que la violencia está alcanzando cada vez con mayor frecuencia los espacios donde nuestros niños y jóvenes deberían sentirse protegidos.

Y detrás de cada número hay personas. Hay familias que viven con miedo, maestros que tienen que enfrentar situaciones para las que muchas veces no cuentan con las herramientas necesarias y jóvenes que están creciendo en un ambiente donde la violencia comienza a parecer algo cotidiano.

No podemos explicar todo esto diciendo simplemente que se trata de jóvenes violentos o de personas que actuaron fuera de sí. Si queremos prevenir nuevas tragedias, tenemos que mirar lo que ocurre antes de que sucedan.

¿Estamos atendiendo la salud mental de nuestros estudiantes? ¿Las escuelas tienen suficientes psicólogos y trabajadores sociales?

¿Qué espacios tienen nuestros jóvenes fuera del horario escolar? ¿Cuántas colonias cuentan realmente con instalaciones deportivas y actividades culturales?

¿Qué oportunidades estamos ofreciendo a quienes crecen en comunidades marcadas por la pobreza y la desigualdad? Son preguntas que no siempre aparecen después de una tragedia, porque es más fácil reaccionar que prevenir.

Durante años hemos visto gobiernos anunciar programas, campañas y acciones después de que ocurre un hecho violento. Se habla de prevención, se hacen pronunciamientos y, conforme pasan los días, el tema desaparece de la conversación pública.

Un joven necesita estudiar, pero también necesita espacios para convivir, desarrollar sus capacidades, descubrir sus talentos y sentirse parte de una comunidad.

Pero las condiciones que dieron origen al problema siguen ahí. Por eso creo que debemos hablar también del deporte y la cultura.

Un joven necesita estudiar, pero también necesita espacios para convivir, desarrollar sus capacidades, descubrir sus talentos y sentirse parte de una comunidad. El deporte no es un lujo y la cultura tampoco.

Son herramientas de formación. En este sentido, el Movimiento Antorchista ha impulsado durante años actividades deportivas y culturales en colonias y comunidades del país.

No se trata solamente de organizar torneos o presentaciones artísticas. Detrás de estas actividades hay una idea sencilla: mantener a los jóvenes ocupados en actividades sanas, fomentar la disciplina, el compañerismo y el trabajo colectivo, y ofrecerles alternativas para desarrollar sus capacidades.

Una cancha, una clase de música, un grupo de danza, una obra de teatro o una competencia deportiva pueden parecer pequeñas cosas frente a los grandes problemas nacionales. Pero ahí también se construye el carácter de una persona.

Ahí se aprende a respetar reglas, a trabajar con otros, a esforzarse y a descubrir que se puede pertenecer a algo distinto. Antorcha ha entendido la importancia de estos espacios y, por eso, ha hecho del deporte y la cultura parte de su trabajo con las comunidades.

Pero sería ingenuo pensar que con deporte y cultura resolveremos por completo el problema de la violencia. No es así.

La violencia tiene raíces más profundas. Está relacionada también con la pobreza, la desigualdad, la falta de oportunidades, el abandono de muchas colonias, la violencia familiar, la insuficiente atención psicológica y la normalización de contenidos violentos.

También está el problema de las armas. Mientras continúe la circulación de armas ilegales y estas lleguen a los hogares y comunidades, el riesgo de que un conflicto termine en una tragedia seguirá presente.

Los apoyos económicos pueden ayudar a resolver una necesidad inmediata, pero no sustituyen un empleo digno, una vivienda adecuada, una escuela de calidad, servicios de salud suficientes ni una comunidad segura.

La pobreza no desaparece con una transferencia. La desigualdad tampoco. Y la violencia no se combate únicamente con policías.

En el Movimiento Antorchista hemos insistido en que los problemas del país no se resolverán con dádivas ni con promesas. Se necesita organización y participación social.

Un pueblo organizado puede exigir mejores escuelas, espacios deportivos, centros culturales, vivienda, servicios públicos y empleos dignos. Lo ocurrido en Torreón no debería convertirse simplemente en una noticia más que mañana será sustituida por otra.

Debería servirnos para reflexionar sobre lo que estamos haciendo o dejando de hacer por nuestros niños y jóvenes. Nuestros jóvenes no necesitan únicamente que les digamos que no sean violentos.

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