En Ciudad Juárez, decenas de personas pasan la noche formadas afuera de plantas maquiladoras con la esperanza de conseguir una de las pocas vacantes disponibles, en una ciudad donde el empleo escasea cada vez más.
Más de 50 familias rarámuris de la Sierra Tarahumara iniciaron el año lejos de sus hogares, desplazadas por la violencia generada por grupos del crimen organizado en municipios como Guadalupe y Calvo. No piden apoyos extraordinarios: sólo exigen, como deseo de año nuevo, condiciones de seguridad para poder regresar a sus pueblos.
Para quienes viven al día, el costo del transporte, la comida, el hospedaje y los medicamentos se convierte en una carga imposible. A menudo deben vender animales, pedir préstamos o dejar de trabajar varios días.
La realidad está exigiendo que recordemos las luchas encabezadas por los obreros a lo largo de la historia y su impacto en la vida de millones de hombres y mujeres.
El cierre de maquilas en la frontera norte de México no es sólo una estadística económica ni una nota pasajera en la sección de negocios: es una herida abierta en miles de hogares que, de la noche a la mañana, perdieron su sustento.