MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Trabajo infantil en México

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• 3.7 millones de menores trabajan en el país mientras la crisis económica afecta a miles de hogares

México atraviesa una de las etapas más difíciles en materia económica y social de los últimos años. El desempleo, los bajos salarios, la falta de vivienda digna, la insuficiencia de servicios de salud y, sobre todo, la pérdida constante del poder adquisitivo del peso están golpeando duramente a millones de familias trabajadoras y, recientemente, a miles de infantes que han dejado la escuela para contribuir al gasto familiar.

Cuando veamos a un niño vendiendo dulces o limpiando parabrisas, no debemos juzgarlo a él ni a su familia: debemos preguntarnos por qué un país con tantos recursos permite que su infancia tenga que trabajar para sobrevivir.

Hoy, muchas madres y padres de familia se ven obligados a mandar a sus hijos a buscar algunos pesos para ayudar en el gasto del hogar, sin medir muchas veces los peligros a los que se enfrentan en las calles. Esa es la realidad que vivimos actualmente y que el gobierno federal encabezado por la doctora Claudia Sheinbaum Pardo no ha logrado resolver.

Para el Movimiento Antorchista, la creciente explotación laboral infantil es una muestra clara de que la pobreza y la desigualdad siguen lacerando al país entero. Mientras los gobiernos hablan de bienestar y transformación, en las calles vemos cada vez más niños trabajando en semáforos, mercados, cruceros y comercios para ayudar a sus familias.

La situación económica es cada día más complicada. La inflación en productos básicos continúa afectando directamente a los hogares mexicanos. Tan sólo en alimentos, frutas y verduras se han registrado aumentos importantes que reducen todavía más el poder adquisitivo de la población. 

Según cifras oficiales, la inflación anual llegó a niveles cercanos al 4.5 %, afectando principalmente a las familias más pobres, que destinan la mayor parte de sus ingresos a la comida.

Mientras tanto, el gobierno continúa destinando miles de millones de pesos a megaproyectos y dádivas en efectivo, programas que, lejos de resolver las necesidades inmediatas del pueblo, siguen derrochando enormes cantidades de recursos públicos que podrían invertirse en hospitales, escuelas, viviendas y generación de empleos bien pagados.

Como dato adicional, tan sólo el Tren Maya pierde a diario cerca de 7.1 millones de pesos, según El Financiero, y la Refinería Dos Bocas pierde 198 millones de pesos al año, y ya van cuatro años.

Es doloroso ver que las malas decisiones económicas las termine pagando nuestra niñez. Y no se trata de exageraciones. Datos de la Encuesta Nacional de Trabajo Infantil y del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi) revelan que cerca de 3.7 millones de niños, niñas y adolescentes trabajan actualmente en México, muchos de ellos expuestos a explotación, accidentes, violencia y abandono escolar.

Esa cifra debería indignarnos a todos. Porque mientras los políticos viven cómodamente y continúan hablando de transformación, millones de niños mexicanos han cambiado los juegos y las aulas por jornadas de trabajo y largas horas en las calles.

Cuando veamos a un niño vendiendo dulces o limpiando parabrisas, no debemos juzgarlo a él ni a su familia: debemos preguntarnos por qué un país con tantos recursos permite que su infancia tenga que trabajar para sobrevivir.

Nos debe doler ver las manos pequeñas y cansadas de nuestros hijos mientras los gobiernos continúan gastando millones en obras que poco ayudan al pueblo trabajador. Nos debe doler ver a niños que prefieren trabajar antes que ir a la escuela porque saben que en sus hogares hace falta comida.

Las niñas y los niños ven vulnerados sus derechos, como el derecho a la educación y el derecho a la salud, y es que muchas veces el trabajo en la niñez se traduce en abandono de los estudios, ya que las familias pobres ven más redituable o provechoso que niñas, niños y adolescentes contribuyan al gasto familiar.

Eliminar el trabajo infantil es un gran reto. El gobierno y sus instituciones deben accionar y trabajar para erradicarlo, pues limitarse a reconocer que existe y que tiene un fuerte impacto en el desarrollo integral de niñas, niños y adolescentes sería actuar con impunidad y ser cómplice del deterioro del desarrollo de la juventud.

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