Celebrar el Día del Niño en 2026 obliga a mirar más allá de nuestras fronteras. A nivel mundial, la infancia atraviesa una crisis humanitaria sin precedentes: no se trata sólo de pobreza, sino de una violación sistemática al derecho más elemental, la vida.
La pobreza y la violencia no sólo arrebatan la vida de miles de niños, también condenan a millones más a crecer sin oportunidades, obligándolos a sobrevivir en condiciones que les niegan su derecho a una infancia digna.
En la Franja de Gaza, la cifra de niños asesinados por fuerzas israelíes ha superado ya los 20 mil, una generación entera borrada del mapa. Mientras tanto, en Irán, el bombardeo al colegio de Minab el pasado febrero por parte de Estados Unidos dejó un saldo desgarrador de 170 víctimas, en su mayoría niñas que sólo buscaban estudiar.
De acuerdo con datos de Unicef, más de 330 millones de niños viven en pobreza extrema en el mundo. En México, donde residen 36.2 millones de niñas, niños y adolescentes (un 28 por ciento de la población total), el 45.8 por ciento de los niños vive en situación de pobreza (Coneval).
Esto significa que casi uno de cada dos niños carece de lo básico para una vida digna y, aproximadamente, el 10 % sobrevive en pobreza extrema, sin ingresos suficientes para adquirir la canasta básica alimentaria.
En nuestro país, se asesina a un promedio de 1.7 niños al día y, en lo que va del año, se han documentado 29 feminicidios de menores de edad. En Jalisco, el impacto del feminicidio deja una huella de orfandad invisible: existen 300 personas cuidadoras (en su mayoría abuelas) que han tenido que asumir la crianza de 455 niños y adolescentes que perdieron a sus madres.
Por otro lado, el riesgo de reclutamiento forzado por el crimen organizado ya no es una amenaza lejana, es una realidad. Estimaciones recientes de la Red por los Derechos de la Infancia (Redim) y el Observatorio Nacional Ciudadano (ONC) señalan que hasta 250 mil menores están en riesgo de ser captados por grupos delictivos.

En lo que va del sexenio de Claudia Sheinbaum, la cifra de desapariciones asciende a más de 20 mil niños reportados como no localizados y una cuarta parte sigue sin ser encontrada.
Pero no sólo se les mata físicamente, la pobreza es el otro factor que les acorta la vida a millones de niños. El rezago educativo afecta a uno de cada diez niños, mientras que el trabajo infantil obliga a más de 3.7 millones de menores a incorporarse a jornadas infrahumanas, a buscar el sustento diario.
Por ejemplo, los niños jornaleros trabajan a una edad no apta y acortan su calidad de vida, pues el tiempo que deberían pasar educándose, alimentándose y recreándose lo pasan agotados trabajando.
Y en este contexto, resulta insensible que el gobierno federal persista en quitar decenas de programas sociales que algo ayudaban a paliar las penurias de millones de familias mexicanas que ahora se han quedado a su suerte.
A saber, las estancias infantiles: se eliminó el subsidio que atendía a más de nueve mil centros, que después fue reemplazado por un apoyo económico directo a los padres, lo que provocó el cierre de miles de guarderías.
Recientemente, el gobierno de Sheinbaum anunció el rescate de apenas un puñado de estos espacios, dejando a la mayoría de las madres trabajadoras sin una opción segura de cuidado.

Por otro lado, las escuelas de tiempo completo, que beneficiaban a 3.6 millones de niños. No se trataba sólo de extender la jornada escolar, sino que garantizaban la alimentación diaria para los alumnos en zonas pobres.
Al quitarlas, muchos niños perdieron su única comida nutritiva del día, lo que impactó directamente en los niveles de desnutrición y deserción escolar.
También se encuentra la eliminación de los comedores comunitarios que operaban en comunidades muy pobres, así como el Seguro Popular, que garantizaba atención médica gratuita y de alta especialidad para todos los niños menores de 5 años que no fueran derechohabientes del IMSS o Issste.
Su desaparición explica por qué en Jalisco la falta de acceso a salud subió al 40 % y le sigue una larga lista de políticas que las autoridades han implementado en contra del pueblo y de sus niños.
En este Día del Niño, todos deberíamos reflexionar qué tipo de país queremos para las nuevas generaciones y actuar en consecuencia.
Unámonos y trabajemos juntos para lograr una patria más justa para todos los que vienen. El olvido también es una forma de violencia; es momento de recordar qué es lo que han hecho con nuestros niños en México y en el mundo.
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