• El 78 % de los habitantes vive con carencias pese a la vasta generación de materias primas nacionales
“Cada país posee, en mayor o menor número, determinadas riquezas naturales”. Con esta frase, la escritora chilena Martha Harnecker abría en 1971 su libro ¿Qué es la sociedad?, un texto concebido para despertar la conciencia de los trabajadores frente al entramado del sistema capitalista. Hoy, cinco décadas después, sus palabras no sólo siguen vigentes, sino que parecen un diagnóstico quirúrgico de la realidad mexicana.
México tiene todo para ser un país próspero y justo: minerales, alimentos, mano de obra y talento; pero le falta lo esencial: voluntad política para distribuir y justicia social para equilibrar.
México es un país de paradojas: un gigante productor de materias primas y alimentos, con una fuerza laboral de 61 millones de personas, que sin embargo habita en un mar de desigualdad que avergüenza su potencial.
Somos la decimotercera economía del mundo, el primer productor de plata, el noveno de oro, el líder global en cerveza, tequila, aguacate y mango. Nuestros yacimientos mineros son inagotables y nuestras costas y tierras fértiles generan divisas millonarias.

Pero la pregunta que Harnecker planteaba con claridad lapidaria sigue sin respuesta: “¿A manos de quién van a parar esas riquezas?”. En el México del siglo XXI, la respuesta es la misma: a manos de unos pocos privilegiados, nacionales y extranjeros, mientras la inmensa mayoría sobrevive con jornadas laborales de las más largas del mundo y salarios que ni siquiera compiten con países de menor desarrollo.
Los datos son tozudos y desgarradores, pues mientras producimos 27 millones de toneladas de maíz, importamos cantidades ingentes para mantener a flote una industria alimentaria que prefiere lo barato extranjero a lo nuestro.

Investigadores como Julio Boltvinik señalan que el 78 % de la población vive en condiciones de pobreza. La Secretaría de Salud, a través de la Ensanut, revela que el 16.2 % de los niños de cero a cuatro años presenta baja talla, y esa cifra se eleva al 27.4 % en hogares indígenas.
La pobreza no es un accidente geográfico o cultural; es el resultado de un sistema económico que concentra la riqueza y externaliza la miseria.

El capitalismo, en su versión más descarnada, exprime la fuerza de trabajo hasta el agotamiento, pero se niega a redistribuir el fruto de ese esfuerzo. El discurso oficial habla de “grupos vulnerables” o “clase humilde”, eufemismos que intentan edulcorar lo que es una condena estructural: la falta de un Estado de bienestar real, con educación, salud, vivienda digna, agua potable y servicios básicos.
Mientras los grandes capitalistas evaden impuestos y disfrutan de tratados comerciales que blindan sus ganancias, los trabajadores sostienen el país con sus manos y su sudor, pero no con su bolsillo.

Martha Harnecker no sólo describió una realidad; nos dejó un camino: el estudio y la organización. No hay solución mágica ni decreto presidencial que pueda romper esta inercia si la ciudadanía no comprende las reglas del sistema que la oprime. La ignorancia social es el mejor aliado del statu quo.
Por eso, entender el capitalismo no es un ejercicio académico, sino un acto de supervivencia. Es necesario desmontar los mecanismos que convierten la abundancia en escasez para las mayorías y el privilegio en derecho para los pocos.

México tiene todo para ser un país próspero y justo: minerales, alimentos, mano de obra y talento; pero le falta lo esencial: voluntad política para distribuir y justicia social para equilibrar.
Como bien lo advirtió la autora de “¿Qué es la sociedad?”, las riquezas naturales de nada sirven sin el trabajo del hombre; pero ese trabajo, en el capitalismo periférico, está condenado a ser expoliado si no existe una conciencia colectiva y una organización capaz de disputar el poder y el rumbo.
Hoy más que nunca, ante la crudeza de los indicadores de pobreza infantil, la desigualdad y la precarización laboral, debemos retomar el llamado de Martha Harnecker.

No se trata de ideologismos, sino de realismo: si no estudiamos el sistema que nos gobierna, si no nos organizamos para transformarlo, seguiremos siendo un país rico en recursos y pobre en derechos, una nación donde la riqueza brilla en las vitrinas del mundo mientras el hambre y la desnutrición crecen en sus hogares.
No hay otra salida. El cambio no vendrá de arriba; tendrá que nacer de abajo, de la conciencia y la acción de quienes, con su trabajo, mueven al país y exigen, por fin, su parte en la mesa.
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