En la Sierra Otomí-Tepehua, miles de familias dependen del café como su principal sustento. Sin embargo, el cultivo que durante generaciones ha dado identidad a esta región sufre la falta de apoyo gubernamental, mostrando las desigualdades estructurales que enfrenta el campo mexicano: producción en condiciones de subsistencia, infraestructura inexistente y una cadena de comercialización que deja migajas a quienes cultivan el grano.
Los intermediarios llegan a comprar el kilogramo de café a seis o siete pesos, mientras que en el mercado el producto terminado alcanza precios de entre 350 y 400 pesos por kilogramo.
De acuerdo con las mediciones oficiales, en Huehuetla, municipio de casi 28 mil habitantes, el 75.8 % de la población vive en situación de pobreza y apenas el 2.2 % se considera no pobre y no vulnerable, según datos del informe anual sobre pobreza publicado en el Diario Oficial de la Federación.
La geografía accidentada de Huehuetla y su lejanía de centros urbanos se convierten, en este contexto, en desventajas comparativas que el mercado no tiene incentivos para corregir.
La ausencia de caminos adecuados que obliga a los jornaleros a cargar bultos de 40 kilos durante largas jornadas no es una carencia técnica subsanable dentro de la lógica del capital: es precisamente esa precariedad la que mantiene los costos de producción lo suficientemente bajos para que el sistema de intermediación resulte rentable.
Esta ausencia de caminos adecuados para el traslado de mercancía, que ningún gobierno se ha preocupado por resarcir en serio, incluso provocó que el octubre pasado, cientos de pobladores sufrieran durante varios días aislamiento después de los derrumbes ocurridos por las lluvias, dificultando su acceso a alimentos, medicamentos y atención médica.

Por otro lado, uno más de los problemas estructurales que enfrentan los productores de Huehuetla es la intermediación desigual en la comercialización del grano.
Los acaparadores —conocidos en el argot rural como coyotes— compran el café a precios bajos para luego venderlo en los mercados urbanos con márgenes de ganancia que multiplican varias veces su inversión inicial.
El diputado federal Adrián González Naveda señaló que actualmente los intermediarios llegan a comprar el kilogramo de café a seis o siete pesos, mientras que en el mercado el producto terminado alcanza precios de entre 350 y 400 pesos por kilogramo.
A la precariedad estructural se sumaron en 2025 los efectos de fenómenos climáticos. La vaguada monzónica del año pasado dejó pérdidas en ocho mil 228 hectáreas de cultivos en el estado de Hidalgo, afectando principalmente cosechas de maíz, frijol y café en municipios como Huehuetla.

Cuatro meses después del desastre, los productores continúan esperando los apoyos gubernamentales.
Napoleón González Pérez, titular de la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural de Hidalgo (Saderh), reconoció que no se ha realizado la entrega de ayudas a los campesinos afectados por las inundaciones, lo que ha agravado la situación de decenas de cafetaleros en la región.
La falta de un verdadero plan de tecnificación del campo y los limitados resultados de las políticas de transferencia monetaria han mantenido a la región en condiciones de marginación, mientras los productores ven cómo su trabajo no se traduce en bienestar para sus familias.

Así, en Huehuetla, las condiciones de pobreza y abandono persisten década tras década. El caso de los productores de café en Huehuetla no constituye una excepción ni una falla aislada en la aplicación de políticas públicas, sino que representa un patrón recurrente dentro de la lógica del sistema capitalista contemporáneo: la progresiva exclusión de los pequeños productores del campo de las cadenas de valor, su empobrecimiento sistemático y, finalmente, su desplazamiento forzado de la actividad agrícola.
El caso de Huehuetla no es solo una historia de fracaso de las políticas públicas, aunque ciertamente lo sea. Es, más profundamente, la historia de cómo el capitalismo agroalimentario contemporáneo necesita de territorios enteros sumidos en la precariedad para sostener sus márgenes de ganancia.
Los campesinos otomíes y tepehuas que cargan bultos de café por veredas de montaña no son víctimas de la falta de desarrollo: son productores de riqueza que no verán jamás, porque el sistema que organiza su trabajo está diseñado exactamente para eso: para que ellos produzcan y otros se apropien.
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