MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

El Mundial y la fábrica del olvido

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• Hay más de 130 mil personas no localizadas, pero el país prioriza la justa deportiva

Durante varias semanas el Mundial de futbol ocupará la atención de millones de personas. Las conversaciones girarán en torno a los partidos, los goles, los jugadores y las selecciones favoritas. La televisión transmitirá análisis durante horas, las redes sociales se llenarán de comentarios deportivos y los gobiernos aprovecharán la ocasión para mostrar una imagen festiva ante el mundo. 

No hay nada malo en disfrutar del deporte; el problema aparece cuando la emoción colectiva termina ocultando los problemas que afectan diariamente a la mayoría de la población.

A lo largo de la historia, los grupos dominantes han comprendido que una población entretenida es más fácil de gobernar que una población organizada y consciente.

Mientras los reflectores apuntan hacia los estadios, México sigue enfrentando una realidad dolorosa. Más de 130 mil personas permanecen desaparecidas en el país. Miles de familias viven una pesadilla que parece no tener fin.

Madres buscadoras recorren carreteras, cerros y terrenos abandonados tratando de encontrar algún rastro de sus hijos. Padres envejecen esperando una llamada. Hermanos y hermanas aprenden a convivir con una ausencia permanente.

Sin embargo, esta tragedia rara vez ocupa el mismo espacio que un partido de futbol. Durante los días mundialistas resulta más fácil encontrar información sobre las probabilidades de una selección para ganar el torneo que sobre las condiciones que han convertido a México en uno de los países con más personas desaparecidas del mundo.

No se trata de una casualidad. El entretenimiento se ha convertido en una enorme industria capaz de mover miles de millones de dólares y de concentrar la atención pública durante semanas.

Los grandes eventos deportivos generan ganancias para empresas de televisión, patrocinadores, plataformas digitales y corporaciones internacionales. Por eso reciben una cobertura masiva.

En cambio, hablar de pobreza, desigualdad, violencia o desapariciones obliga a discutir problemas incómodos para quienes se benefician del orden social existente.

A lo largo de la historia, los grupos dominantes han comprendido que una población entretenida es más fácil de gobernar que una población organizada y consciente.

Hoy esa lógica no se expresa únicamente mediante la censura, sino también a través de la saturación informativa. La sociedad recibe un flujo constante de espectáculos, tendencias y contenidos que dificultan la reflexión sobre los problemas de fondo.

Pero las desapariciones no desaparecen porque la televisión deje de hablar de ellas. Tampoco disminuyen porque millones de personas estén viendo futbol. La realidad continúa golpeando a miles de familias mexicanas todos los días.

La pregunta que deberíamos hacernos es por qué sucede esto. ¿Por qué siguen desapareciendo jóvenes? ¿Por qué miles de familias continúan buscando a sus seres queridos? 

La respuesta no puede limitarse a señalar a la delincuencia organizada. Ese fenómeno existe, pero también existen causas más profundas que pocas veces se discuten.

México es un país profundamente desigual. Mientras un pequeño grupo concentra enormes fortunas, millones de trabajadores sobreviven con ingresos insuficientes. Hay jóvenes que terminan la preparatoria o incluso la universidad y descubren que las oportunidades laborales no corresponden a los esfuerzos realizados. 

Hay comunidades enteras donde la falta de espacios culturales, deportivos y educativos limita las posibilidades de desarrollo.

Cuando una sociedad ofrece incertidumbre como horizonte para millones de personas, se crean condiciones propicias para el crecimiento de fenómenos violentos. La desesperanza, la exclusión y la falta de perspectivas afectan el tejido social y terminan generando consecuencias que después aparecen reflejadas en las estadísticas de violencia.

Por eso resulta peligroso que la discusión pública se concentre únicamente en los espectáculos. Un país que deja de mirar sus problemas corre el riesgo de acostumbrarse a ellos. Y cuando la injusticia se vuelve costumbre, quienes sufren quedan cada vez más solos.

El Mundial terminará dentro de unas semanas. Los estadios volverán a quedar vacíos y los campeones regresarán a sus países. Pero las madres buscadoras seguirán recorriendo caminos. Las fichas de búsqueda seguirán apareciendo en postes y paredes. Las familias seguirán exigiendo respuestas.

La verdadera grandeza de una nación no se mide por la organización de eventos internacionales ni por el número de espectadores frente a una pantalla. Se mide por la capacidad de garantizar una vida digna, segura y justa para su pueblo.

Mientras eso no ocurra, ninguna fiesta deportiva podrá ocultar la realidad.

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