• Mediante la declamación, esta mujer yucateca demuestra que la edad no representa un límite para el talento
A sus 74 años, Remigia Tah Rosado no necesita grandes escenarios ni reflectores para disfrutar lo que más le apasiona: la poesía. Basta con que tenga un poema entre las manos, aprendérselo, un espacio donde pueda compartirlo y un público dispuesto a escucharla para que su voz cobre fuerza.
Con emoción, memoria y sentimiento, esta mujer mestiza encontró en la declamación una manera de expresarse, de aprender y de demostrar que nunca es tarde para acercarse al arte.
Hace poco más de seis años, Remigia descubrió el gusto por declamar gracias al Movimiento Antorchista. Fue en el antorchismo donde tuvo su primer acercamiento a esta disciplina artística, que poco a poco se convirtió en una de sus mayores aficiones.

Desde entonces, participa en distintos encuentros y eventos culturales impulsados por Antorcha, donde ha tenido la oportunidad de subir al escenario y compartir su talento.
Su participación más reciente fue en la jornada de declamación, donde eligió el poema "Acuérdate de mí", del poeta José Ángel Buesa. Frente al público, Remigia hizo suyo cada verso.
No se trató sólo de pronunciar las palabras, sino de transmitir los sentimientos que encierra el poema. Y es que, para ella, declamar no es una obligación ni una competencia, es un gusto que disfruta y que le fascina mostrar a los demás.
Ya son cuatro las poesías que forman parte de su repertorio. Cada una representa una oportunidad para seguir aprendiendo y perfeccionando su expresión.

Porque si algo distingue a Remigia es precisamente su deseo de estudiar y aprender, una inquietud que no se apagó con los años.
De hecho, su historia con el aprendizaje tuvo otro capítulo importante, terminó la primaria mediante un programa educativo para adultos mayores. Una muestra de que la edad no tiene por qué convertirse en una barrera para quien conserva las ganas de superarse.
Pero antes de encontrar en la poesía una nueva pasión, Remigia tuvo que abrirse camino entre las dificultades de la vida. Sacó adelante a sus dos hijos, hoy de 32 y 34 años, vendiendo frutas en su triciclo.
Una persona adulta mayor no sólo necesita ingresos para subsistir; también merece oportunidades para aprender, desarrollar sus capacidades, acceder a la cultura y participar activamente en la vida social.
Recorrió las calles de Tizimín, ofreció sus productos y trabajó para llevar el sustento a casa. También realizó labores de limpieza en un sitio de taxis, actividad que desempeñó dos veces por semana.
Actualmente, por cuestiones de salud, ya no puede trabajar. En enero sufrió una caída que limitó todavía más sus posibilidades de realizar actividades laborales.
Vive al día y se sostiene principalmente con el apoyo de la pensión para adultos mayores, un ingreso que le ayuda a cubrir algunas de sus necesidades.

Es la segunda de tres hermanas y conoce bien lo que significa esforzarse para salir adelante. Sin embargo, su vida no se reduce a las dificultades económicas ni a los problemas de salud.
A sus 74 años, Remigia sigue encontrando motivos para aprender, participar y compartir aquello que la hace feliz.
Su historia también invita a mirar más allá de las cifras y los discursos sobre el bienestar. Porque una persona adulta mayor no sólo necesita ingresos para subsistir; también merece oportunidades para aprender, desarrollar sus capacidades, acceder a la cultura y participar activamente en la vida social.

En ese sentido, la labor cultural del Movimiento Antorchista busca acercar el arte a sectores del pueblo que históricamente han tenido menos oportunidades de disfrutarlo y practicarlo. La experiencia de Remigia muestra lo que puede significar abrir esos espacios: descubrir capacidades, alimentar inquietudes y encontrar nuevas formas de expresión.
Cuando toma la palabra y comienza a declamar, Remigia no sólo comparte un poema. También cuenta, sin necesidad de decirlo, que siempre hay algo nuevo por aprender y que los años no tienen por qué apagar los sueños.
A sus 74 años, tiene cuatro poemas en su repertorio, más de seis años de experiencia y, sobre todo, muchas ganas de seguir declamando. Porque la poesía llegó a su vida para quedarse y ella no piensa guardársela: quiere seguir compartiéndola con quien esté dispuesto a escucharla.
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