• Hacer trampa al buscar ingreso universitario exhibe un modelo excluyente con apenas 63 mil lugares cada año
La decisión de la UNAM de realizar su examen de selección en línea abrió un problema que quizá no dimensionó y cuyas consecuencias apenas comienzan a verse.
Desde el momento en que se anunció esta modalidad, la reacción de miles de aspirantes no fue cómo hacerle para estudiar mejor y aprobar el examen, sino cómo hacer trampa para pasarlo sin ser descubiertos.
El sistema promueve un individualismo sin límites, donde el éxito personal parece justificar cualquier medio, incluso si para lograrlo es necesario pasar por encima de los demás.
Aprobar el examen de la máxima casa de estudios del país se ha convertido, para miles de jóvenes, en un reto que representa enormes sacrificios: tiempo, esfuerzo intelectual y, además, hay que decirlo, dinero.
Hay cientos de cursos, guías, plataformas y hasta "escuelas" especializadas en impartir clases con la finalidad de que, mediante una inversión que, en efecto, no es nada barata, quienes alcancen a pagar el precio tengan mayores posibilidades de quedarse en la universidad.
Así está la situación: mientras para unos ingresar a la universidad representa un gasto enorme, para otros se ha convertido en un gran negocio. No es casualidad que alrededor del examen de admisión exista toda una industria que vive de la desesperación de miles de jóvenes por conseguir un lugar.
Y si eso ya ocurría cuando el examen se realizaba de forma presencial y con estricta vigilancia, el paso a una modalidad en línea abrió un nuevo mercado: desde la compra de bancos de preguntas hasta el uso de inteligencia artificial o personas que resolvieran el examen por los aspirantes.
Y ocurrió.

Pero mi intención no es únicamente condenar a la universidad, que sí tiene una parte importante de responsabilidad por no analizar con suficiente objetividad este fenómeno, ni tampoco a los jóvenes que recurrieron a la inteligencia artificial o a terceros para responder el examen.
El problema de fondo es el sistema y lo que este enseña: por una parte, que debemos alcanzar nuestros objetivos del modo que sea, mediante cualquier artimaña, aun sabiendo que otras personas pueden verse afectadas por nuestras acciones.
El sistema promueve, y esta forma de admisión es parte del problema, un individualismo sin límites, donde el éxito personal parece justificar cualquier medio, incluso si para lograrlo es necesario pasar por encima de los demás.
Pero hay una pregunta todavía más importante: ¿por qué miles de jóvenes están dispuestos a correr el riesgo de hacer trampa para ingresar a una universidad?
La respuesta está en la insuficiente oferta educativa de calidad que existe para los egresados de la educación media superior.
Según datos de la SEP, alrededor de un millón 500 mil jóvenes egresan cada año de ese nivel educativo; de todos ellos, sólo un millón encuentra un lugar en alguna institución de educación superior y, de esos, únicamente 21 mil (el 2.1 %) son admitidos en la UNAM.

Si tomamos en cuenta a otras universidades consideradas entre las mejores del país, tenemos que al IPN ingresan anualmente unos 25 mil estudiantes; a UAEMEX, alrededor de 18 mil; a la UAM, unos 11 mil; mientras que en instituciones privadas como el Tecnológico de Monterrey ingresan aproximadamente 9 mil, aunque en este último caso los criterios de selección son distintos.
Es decir, aunque en México existe alrededor de un millón de lugares en la educación superior, la oferta en las universidades de mayor prestigio apenas ronda los 63 mil estudiantes por año; una cifra todavía muy baja comparada con la enorme demanda.
Finalmente, la mayoría de los jóvenes sigue viendo en ingresar a la UNAM la posibilidad de acceder a un mejor futuro, un empleo digno y bien remunerado; una expectativa que durante muchos años pareció real. Sin embargo, hoy esa promesa también comienza a desmoronarse.
La propia UNAM muestra, en su Programa de Vinculación con los Egresados (PVEAJU), que de cada 100 estudiantes que concluyen sus estudios, sólo 52 logran incorporarse al área laboral directamente relacionada con la carrera que cursaron; 23 trabajan en actividades distintas y 25 permanecen en busca de empleo. Es decir, uno de cada cuatro egresados de la máxima casa de estudios no tiene trabajo.

Por una parte, la insuficiente oferta educativa; por otra, la insuficiente oferta laboral. Qué grave problema para los mexicanos tener que vivir siempre luchando por la sobrevivencia individual.
El problema no es únicamente que la UNAM haya realizado los exámenes en línea o que miles de aspirantes hayan utilizado distintas trampas para obtener excelentes puntajes. El problema es el sistema actual, un sistema que invierte poco en educación, que no genera suficientes espacios en las universidades públicas y que tampoco es capaz de ofrecer empleos dignos y bien remunerados para quienes logran terminar una carrera.
Mientras el sistema siga promoviendo el individualismo, el desempleo, la ignorancia y el ansia de ganancia a través de cualquier medio, fenómenos como los que hoy ocurren en la UNAM seguirán existiendo.
También en este aspecto, sólo el poder popular podrá cambiar de fondo la situación. No basta con mirar las cosas y criticarlas; hay que luchar por un México distinto. Esa será siempre nuestra invitación.
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