Para comprender bien la naturaleza del TMEC, debemos tener claro de que se trata la famosa globalización:
Se trata del proceso mediante el cual el imperialismo estadounidense pretende echar abajo las fronteras nacionales. Por eso hay una guerra contra el nacionalismo. El imperialismo exige: ¡abajo las fronteras! ¡libre circulación de mercancías y capitales!, pero no dicen libre circulación del trabajo. En realidad, lo que busca el imperialismo es tener plena libertad de inundar al mundo con sus mercancías y al mismo tiempo plena libertad de apoderarse de los recursos energéticos, minerales y naturales de los países subdesarrollados. La globalización no es más que el mecanismo utilizado por los Estados Unidos para controlar, ya no solo de una región o un continente, sino el mundo entero.

Los tratados de libre comercio forman parte fundamental de este proceso de globalización, aunque en los medios de comunicación no se nos dicen las cosas de esta forma, sino que se nos pintan los tratados comerciales como de gran utilidad para México y el resto de los países subdesarrollados.
Es en este contexto es que el próximo primero de julio comenzará de manera oficial el proceso de revisión del Tratado de Libre Comercio entre Estados Unidos, México y Canadá, conocido como T-MEC, tal como lo establece el artículo 34 del propio tratado. Recordemos que este acuerdo sustituyó en 2020 al Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), vigente desde 1994, por presiones del presidente estadounidense Donald Trump durante su primer mandato.
El TLCAN fue el primer tratado de libre comercio firmado por México y es el más importante para nuestro país. En su momento se promocionó como un gran acuerdo que crearía una zona comercial integrada, libre de aranceles en exportaciones e importaciones, para permitir un intercambio de mercancías más rápido y barato.
Los cinco sectores económicos prioritarios del acuerdo fueron: agroalimentario, electrónica y automotriz, servicios médicos, farmacéutica e industrias creativas.
Con el TLCAN se prometió a los mexicanos que llegarían inversiones empresariales gigantescas y se crearían millones de empleos con buenos salarios y prestaciones. A los campesinos se les aseguró que podrían vender sus productos en el mercado estadounidense. Pero muy poco de esto se cumplió en la realidad.
Aunque México se integró a las cadenas de suministro globales, sobre todo en componentes electrónicos, electrodomésticos, aparatos tecnológicos y automóviles, el 90% de las empresas en estos sectores son de capital estadounidense y operan con el modelo de maquila, es decir, únicamente ensamblan los componentes tecnológicos fabricados en otras partes del mundo. Estas fábricas, ubicadas en el norte y occidente del país, se caracterizan por la sobreexplotación de los obreros, mediante jornadas extenuantes y bajos salarios.
Por otro lado, la apertura comercial inundó nuestro mercado con maíz, frijol, soya, cárnicos y otros granos básicos altamente subsidiados por el gobierno estadounidense, producidos con mecanismos más eficientes y modernos. Esto colocó a nuestros productores en una desventaja competitiva e incrementó la pobreza en el campo. Los únicos favorecidos fueron algunos grandes productores de frutas y hortalizas del norte y el Bajío.
Una situación similar ocurrió en los otros sectores estratégicos: componentes médicos, farmacéutica y las industrias creativas. Lejos de favorecer la producción nacional, nos convertimos en simples consumidores de mercancías producidas en Estados Unidos.
Es decir, el tratado convirtió a la economía mexicana en un apéndice de la estadounidense. Hoy 80% de las mercancías que vendemos al extranjero tienen como destino Estados Unidos, mientras que nuestro comercio con Canadá, el otro socio, representa solo el 3% de nuestras exportaciones. Esto nos vuelve vulnerables a los intereses políticos de los gobiernos estadounidenses y deja nuestra soberanía en letra muerta. Desde el punto de vista económico somos una colonia de Estados Unidos.
A pesar de esta situación ventajosa para las empresas estadounidenses, en 2017, tan pronto Donald Trump se convirtió en presidente, impulsó la modificación del TLCAN, dando origen al nuevo tratado comercial: el T-MEC. Algunos de los cambios más importantes fueron los siguientes:

Uno. Para que los automóviles ensamblados en México y exportados a Estados Unidos quedaran libres de aranceles, el 70% del acero y aluminio utilizado en su fabricación debía provenir de América del Norte. Con esto se pretendía frenar la compra de esas materias primas a China, Japón o Europa.
Dos. Se estableció que el 40% del valor de los automóviles y el 45% en las camionetas fuera fabricado por trabajadores que ganaran al menos 16 dólares por hora, igual que en Estados Unidos. Un trabajador mexicano de esta industria gana en promedio 3 dólares por hora.
Con esta medida se pretendía restar competitividad a las empresas norteamericanas asentadas en México para favorecer a las ubicadas en Estados Unidos y presionarlas para regresar a su país de origen, porque actualmente el sector automotriz concentra el 79% del déficit comercial de Estados Unidos con México, es decir, nos compra más de lo que nos vende. Así se explica realmente el incremento a los salarios mínimos y no como una política bienhechora de la 4T como nos lo quieren hacer ver.
Tres. En el sector agropecuario, Estados Unidos exigió mayor injerencia con inspecciones sanitarias, incrementar la venta de insumos y maquinaria con valor agregado e impulsar la venta de granos genéticamente modificados y otras formas de biotecnología agrícola.
Cuatro. Se agregó un capítulo laboral cuya principal aportación fue el Mecanismo Laboral de Respuesta Rápida, un procedimiento abreviado que permite mayor injerencia extranjera en la solución de controversias entre trabajadores y empresas extranjeras, sin importar en cuál de los tres países se encuentren. Con lo que Estados Unidos se aseguró de mayor control de los obreros.
Cinco. Se agregaron cláusulas sobre la duración del tratado. Aunque se firmó por 16 años, es decir, hasta 2036, se estipuló la posibilidad de revisarlo seis años después de su entrada en vigor, para modificarlo o adecuarlo, o sea, en este 2026.
Han pasado seis años de la firma del TMEC y la primera revisión está generando mucha expectativa, pues Estados Unidos ha asumido una política económica agresiva y proteccionista, caracterizada por la imposición de aranceles a la mayoría de los países con los que comercia, sin importar los tratados.
Hasta el momento, los gobiernos de México y Canadá han mostrado su interés de extender el tratado por otros 16 años, hasta 2042, mientras que el gobierno de Estados Unidos ha deslizado la posibilidad de retirarse del acuerdo trilateral y establecer tratados separados con cada país.
El pasado 2 de junio, el columnista Mario Maldonado de El Universal señaló: “El secretario de Economía, Marcelo Ebrard, aseguró que Estados Unidos está construyendo un nuevo sistema comercial basado en aranceles permanentes y protección industrial, muy distinto al modelo de libre comercio que predominó durante las últimas tres décadas. Lo que está planteando Estados Unidos es una reorganización de las cadenas de suministro bajo criterios de seguridad nacional y contenido regional. Para la industria automotriz, el gobierno de Trump quiere 82% de contenido estadounidense”.
Otra exigencia de Trump hacia México es limitar el comercio con su principal competidor: con China, fundamentalmente en tecnologías con alto valor agregado y avances científicos, para asegurar una mayor dependencia de nuestro país hacia Estados Unidos.
También exigen mayor participación de empresas norteamericanas en el sector energético, tanto en exploración, extracción como venta de combustibles; garantías de exclusividad de sus empresas en la explotación de minerales críticos y tierras raras que existen en nuestro territorio, vitales para su industria bélica, y mayor injerencia de autoridades norteamericanas en la política laboral mexicana para controlar directamente a la clase obrera.
Aquí vemos como se asoma el deseo de Estados Unidos de seguir apoderándose de las riquezas de México y del mundo entero, tal y como lo dijimos en el inicio de este escrito

Esta es parte de la razón de los embates del trumpismo hacia el gobierno mexicano, pretende forzarlo a aceptar estas y otras condiciones que le aseguren un mayor control de nuestra economía. Los ataques y amenazas de Trump tienen como base los errores del morenismo, como los escandalosos actos de corrupción o los nexos de algunos altos funcionarios con la delincuencia. Sin embargo, los efectos negativos de una mayor dependencia hacia Estados Unidos no los resentirá únicamente el gobierno, sino principalmente el pueblo mexicano, las clases trabajadoras, cuya explotación y pobreza se incrementará, como ha ocurrido en los últimos 30 años con estos tratados.
Pero contrarrestar esta situación no es tarea sencilla y no se conseguirá con puros discursos incendiarios, por mucha buena voluntad que tenga la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Para frenar la embestida norteamericana y defender la soberanía nacional hace falta la unidad y organización real del pueblo y de su gobierno, fincada no en la dádiva sino en la formación de una sólida conciencia política, y también en que el gobierno escuche las inconformidades y resuelva los problemas de la gente.
Es necesario también un plan económico que ponga en primer lugar nuestros intereses nacionales, que impulse la educación, la ciencia y el desarrollo tecnológico con el firme propósito de elevar la productividad y producción nacional en todos los sectores estratégicos y mejorar la vida de los trabajadores. Desarrollo económico sin el cual es totalmente imposible conquistar una verdadera soberanía.
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