• Un megaproyecto exige organizar a pescadores y obreros contra la voraz expansión comercial
A pesar de los sobrados argumentos manejados por los opositores a la construcción del nuevo puerto, en el vaso II de la laguna de Cuyutlán en Manzanillo, donde claramente se descubre la preocupación que les asiste por la incertidumbre en que se deja al ecosistema de la laguna, a las familias de pescadores y salineros que dependen de ella y, sobre todo, a la clase trabajadora en general; por su parte, los defensores oficiales y a sueldo de tamaño megaproyecto siempre se han dirigido a la opinión pública con la firme seguridad de que el nuevo puerto será una realidad, pase lo que pase.
El gran capital promete ampliar y tecnificar las actuales condiciones del puerto marítimo y, para eso, destruye las dos principales fuentes de la riqueza que anhela: la laguna de Cuyutlán y la mano de obra barata de los manzanillenses.
Y no podía ser de otra manera. La parte ociosa del gran capital mundial, en su desenfrenada carrera al buscar recuperar el aumento de la tasa de ganancia, contrariamente disminuida conforme aumenta la maquinización en la producción, ha puesto sus ojos en los recursos naturales y humanos de Manzanillo. Y para conseguir tamaño objetivo, como ya lo hemos visto en otras partes del mundo, hará todo lo que considere necesario hacer.
La explicación más profunda de esta nueva amenaza contra la humanidad y el planeta que es de todos la encontramos en la obra cumbre publicada en 1867 por uno de los genios humanistas más destacados del siglo XIX, me refiero a Carlos Marx, nacido en Tréveris, Alemania, en 1818, y fallecido en Londres en 1883.
En el capítulo XIII, apartado primero del tomo I de la obra "El capital", donde Marx analiza el "Desarrollo histórico de las máquinas", refiere que el economista británico John Stuart Mill se cuestionaba en su obra "Principios de economía política" si: "cabría preguntarse si todos los inventos mecánicos aplicados hasta el presente han facilitado en algo los esfuerzos cotidianos de algún hombre".
Y el genio de Tréveris contestó ahí mismo de la siguiente manera: "Pero la maquinaria empleada por el capitalismo no persigue, ni mucho menos, semejante objetivo. Su finalidad, como la de todo otro desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, es simplemente rasar (igualar) las mercancías y acortar la parte de la jornada en la que el obrero necesita trabajar para sí y, de ese modo, alargar la parte de la jornada que entrega gratis al capitalista. Es, sencillamente, (la maquinaria) un medio para la producción de plusvalía (o sea, trabajo no pagado al obrero)".

Al finalizar su magistral análisis en el capítulo que referimos, Marx nos dejó una conclusión difícil de ignorar, por la evidencia tan tremenda que se confirma en la realidad. Y dijo: "Por tanto, la producción capitalista sólo sabe desarrollar la técnica y la combinación del proceso social de producción, socavando (destruyendo) al mismo tiempo las dos fuentes originales de toda riqueza: la tierra y el hombre".
Por tanto, todo lo aquí referido, adecuando lo que haya que adecuar a nuestra realidad actual, aplica totalmente a lo que está sucediendo en Manzanillo. En nuestro caso, el gran capital promete ampliar, desarrollar y tecnificar las actuales condiciones del puerto marítimo; y para eso, exige sacrificar, destruyendo, las dos principales fuentes de la riqueza que anhela: la laguna de Cuyutlán y la mano de obra barata de los manzanillenses.
Por esta razón creo que la única defensa posible de éxito que se pudiera organizar en el futuro próximo en Manzanillo debe tener dos condiciones fundamentales que paso a describir:
Que la lucha de resistencia se dirija, al mismo tiempo, contra el atropello que significa la construcción del nuevo puerto, en particular, y contra el modelo económico neoliberal de producción en general que lo promueve.
Que, para esto, es imprescindible la lucha solidariamente organizada, conjunta, de los dos sectores que se encuentran amenazados, es decir, de todos los simpatizantes de la defensa del vaso II de la laguna de Cuyutlán, por un lado, y de las familias de toda la clase trabajadora del estado, por otro.

Si la lucha de resistencia se sigue dando usando las fuerzas por separado y con sus propios recursos, tristemente el resultado entrañará una fatal derrota adelantada.
Pero cualquiera que pudiera ser el desenlace que venga, de no garantizarse suficientemente las condiciones futuras de la laguna de Cuyutlán y de la situación de la clase trabajadora, la lucha y la resistencia contra el nuevo puerto debe seguir.
Semanas antes al levantamiento armado que condujo a la Comuna de París, Marx afirmó que "...sería sumamente cómodo hacer la historia universal si la lucha se pudiese emprender sólo con infalibles posibilidades de éxito". Y lo mismo digo yo ahora.
Todos debemos manifestar nuestro rechazo contra el atropello que amenaza a las familias de los trabajadores de Manzanillo; porque, en realidad, todos somos agraviados de alguna manera. Hoy es particularmente por ellos, pero mañana puede ser por nosotros mismos. No lo olvidemos.
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