MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

México, asfixiado por la pobreza infantil

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México enfrenta una de sus más dolorosas contradicciones: mientras el discurso oficial habla de bienestar y de atender primero a quienes menos tienen, millones de niñas y niños continúan viviendo en condiciones de pobreza, abandono y desamparo. La situación se agrava ante el encarecimiento de los productos de la canasta básica, los servicios y los energéticos, factores que reducen cada vez más el poder adquisitivo de las familias trabajadoras.

Basta recorrer las grandes ciudades del país para encontrarnos con una realidad que no puede ocultarse detrás de ningún discurso político. Niñas y niños vendiendo dulces en los cruceros, limpiando parabrisas, haciendo malabares o de payasitos para obtener unas monedas. Actividades que deberían estar lejos de su infancia se convierten, para miles de menores, en una forma de sobrevivir.

Y detrás de esta realidad existe un peligro todavía mayor. La pobreza y la falta de protección pueden convertirse en terreno fértil para la explotación infantil, el trabajo forzado, la trata de personas y otras formas de violencia. Cuando un menor tiene que salir a la calle para conseguir alimento, también queda expuesto a quienes se aprovechan de su vulnerabilidad.

No estamos hablando de casos aislados. Son millones de niñas y niños que enfrentan carencias desde sus primeros años de vida, pequeños que nacieron en hogares pobres o que, por diversas circunstancias, quedaron abandonados a su suerte. Para ellos, hablar de un futuro mejor no es una frase motivacional: es una necesidad urgente.

Resulta especialmente preocupante el contenido del reportaje de Abigaíl Cruz Guzmán, titulado “Presupuesto para primera infancia queda rezagado frente a pobreza infantil”, en el que se señala que alrededor de la mitad de los 12.4 millones de niñas y niños de cero a cinco años vive en condición de pobreza y que también cerca de la mitad carece de acceso a servicios de cuidado infantil.

Los datos deberían encender todas las alarmas.

De acuerdo con la información presentada durante la Sexta Jornada Nacional de Inversión en Primera Infancia, este sector cuenta con una asignación de 112 mil 53 millones de pesos dentro del Anexo 18, destinado a la atención de niñas, niños y adolescentes. Sin embargo, la primera infancia recibe apenas 10.17 por ciento de esos recursos, pese a que los primeros años de vida son determinantes para el desarrollo físico, emocional y cognitivo de cualquier persona.

La pregunta es inevitable: ¿realmente estamos colocando a la niñez como una prioridad nacional?

Las propias autoridades y organizaciones han reconocido que las necesidades planteadas en la Estrategia Nacional de Atención a la Primera Infancia todavía no tienen un reflejo presupuestario equilibrado. Educación inicial, salud, crianza, detección temprana y cuidado infantil requieren recursos suficientes, no solamente buenos discursos. 

También preocupa que una parte importante de los recursos destinados al cuidado infantil se concentre en instituciones de seguridad social, lo que limita el acceso de los hijos de trabajadores que carecen de un empleo formal. Es decir, precisamente las familias que suelen enfrentar mayores dificultades pueden ser también las que encuentran más obstáculos para acceder a estos servicios.

La infancia no puede esperar: cada año que pasa sin atender de fondo la pobreza infantil significa otra generación que crece entre carencias, desigualdad y falta de oportunidades.

Aquí aparece una de las grandes contradicciones de nuestro país. Se habla constantemente de combatir la pobreza, pero no basta con entregar apoyos cuando no se construyen las condiciones necesarias para que una familia pueda salir de ella. Mucho menos cuando se descuida a quienes se encuentran en la etapa más vulnerable de su vida.

Daniel Aceves Villagrán, coordinador de la Comisión para la Primera Infancia del Sipinna, ha señalado que invertir en este grupo de edad puede contribuir a interrumpir la transmisión intergeneracional de la pobreza. Tiene razón. Atender a una niña o a un niño desde sus primeros años significa evitar que las carencias de hoy se conviertan en las desigualdades de mañana.

Y hay un dato que debería hacernos reflexionar todavía más: Fernando Carrera, representante de Unicef en México, ha señalado que la inversión requerida para atender a un niño representa alrededor de 15 por ciento de la que se necesita para una persona mayor de 65 años.

Entonces, ¿por qué no invertir más en la infancia?

No se trata de enfrentar a los adultos mayores con las niñas y los niños. Ambos sectores merecen protección y una vida digna. El verdadero problema es que un país que pretende construir un futuro distinto no puede abandonar su infancia. Los apoyos sociales deben complementarse con políticas públicas capaces de garantizar alimentación, educación, salud, vivienda, seguridad y cuidado.

Porque una niña que vende dulces en un crucero no debería estar trabajando, debería estar estudiando. Un niño que duerme en la calle no debería estar buscando un lugar donde protegerse, debería tener un hogar seguro. Ningún menor debería acostarse con hambre mientras los adultos responsables de las políticas públicas discuten cifras y presupuestos.

El próximo paquete económico será una nueva oportunidad para demostrar si las palabras realmente se convierten en hechos. Los legisladores tendrán la responsabilidad de revisar con seriedad cuánto se invierte en la primera infancia y si esos recursos corresponden con la magnitud del problema.

México no puede acostumbrarse a ver niñas y niños en los cruceros, en las calles, en las terminales de autobuses o en cualquier rincón donde puedan encontrar monedas para comer. No podemos convertir la pobreza infantil en parte del paisaje cotidiano.

La infancia no puede esperar.

Cada año que pasa sin atender de fondo este problema significa otra generación que crece entre carencias, desigualdad y falta de oportunidades. Y si verdaderamente se quiere construir un México con mayor bienestar, la prioridad debe comenzar precisamente ahí: en sus niñas y niños.

Porque un país que abandona a su infancia está hipotecando su propio futuro. Y México no puede seguir pagando el precio de la indiferencia.

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