• El proletariado debe usar los espacios electorales y políticos para organizar a millones contra el sistema burgués
Días antes del anuncio oficial del inicio del proceso electoral en México, era notoria la efervescencia en el interior de los partidos tradicionales de ambas alas, de la derecha e izquierda; acomodos, definiciones, cambios de color, nacimiento de filiales, alianzas, fugas masivas y acusaciones, fueron la constante que evidenció con toda claridad que la búsqueda del poder político por parte de las fracciones de la gran y pequeña burguesía representadas en esos institutos políticos y la conservación del mismo por parte de otras, es un asunto que, en realidad, no necesita de convocatorias oficiales.
Participar en las instituciones emanadas de la lucha encabezada por la burguesía no significa aceptar el orden de cosas existente como legítimo, sino aprovechar los resquicios que ese orden abre para combatirlo.
Las campañas anticipadas rebasan el marco legal porque son la expresión de una lucha que obedece a intereses económicos de clase, no a una reglamentación que pretenda esconder la rivalidad existente entre las diversas fracciones de la burguesía.
Aun en las pequeñas organizaciones barriales afines a esos partidos, las que, de alguna u otra manera tienen entre sus miembros a personas humildes que buscan alguna alternativa a sus problemas y que, sin embargo, están dirigidas, como un objetivo en sí mismo, hacia la obtención de cargos y posiciones políticas de quienes las encabezan, se deja ver esa efervescencia, aunque de una manera menos refinada, más burda, comprensible dado el nivel de educación política de sus integrantes.
Si hoy es posible la realización de elecciones periódicas, la existencia del llamado pluralismo y de diferentes partidos políticos que expresan tendencias ideológicas diversas, se debe al sistema democrático; estas son algunas de sus formas políticas.
Sin embargo, debemos recordar que la democracia no existe en abstracto; es decir, en un sistema dividido en clases sociales, siempre sirve a la que ocupa la posición dominante; en el caso de México en la actualidad, a la burguesía, a la que pertenecen los grandes empresarios acaudalados.
Se le llama democracia burguesa debido a que es esa clase social la única que se beneficia de ella. Le ha servido para conservar el poder durante años, bajo diferentes colores y apariencias, y le ha permitido mantener engañadas a las masas trabajadoras.

En la democracia burguesa los trabajadores están relegados, como clase social, de la dirección de los asuntos de la sociedad y del Estado; es decir, no hay, en la realidad, una verdadera libertad política, ya que no se les permite decidir sobre los asuntos que les afectan: es una apariencia, es la burguesía la que decide finalmente lo que le es conveniente y continúa usando al pueblo para legalizar sus determinaciones.
Uno que otro miembro de la clase proletaria, no como clase, sino de manera individual, puede tener la posibilidad de participar de la dirección de ciertos asuntos, ocupar algún cargo; sin embargo, al estar desligado de su clase, actúa como miembro de la burguesía, coincide con ella ideológicamente y, por tanto, defiende sus intereses.
Entre ellos se encuentran los miembros de la llamada aristocracia obrera y varios elementos de la intelectualidad pequeñoburguesa.
Estos tránsfugas ayudan a mantener la dominación de la mayoría trabajadora. Son utilizados por la burguesía para servir de señuelo y desviar las verdaderas aspiraciones de los trabajadores como clase social, orillándolos, espoleados por la necesidad, a tratar de convertirse en uno de ellos, en resolver sus intereses individuales, escalando en los puestos políticos.
Esa es una de las razones por las cuales algunos elementos de nuestro pueblo, engañados por las apariencias, entablan una encarnizada lucha con sus hermanos de clase, profundizando la división.
No obstante, a pesar de los intentos de la burguesía por mantener relegada a la clase trabajadora de la dirección de los asuntos que le afectan y, por tanto, le incumben, los trabajadores tienen posibilidades, dada su cantidad, identidad de intereses, unidad, organización y capacidad de movilización, de utilizar en provecho de sus aspiraciones las formas políticas de la democracia burguesa, es decir, del sistema representativo y constitucional, de las elecciones periódicas, del sufragio universal y de la posibilidad de crear organizaciones sociales y partidos políticos.

El proceso mediante el cual la burguesía disputó el poder a la aristocracia, a los grandes terratenientes, es decir, la revolución social burguesa, no fue obra exclusivamente de ella; el proceso revolucionario estuvo bajo su dirección, cierto, y fue la principal promotora; sin embargo, la participación de las grandes masas de proletarios y campesinos fue determinante para su triunfo.
Por tanto, las conquistas democráticas que ella se adjudicó, como, por ejemplo, el derecho a elegir a sus representantes mediante el sufragio universal, son también conquistas de los trabajadores, y más aún todavía, en cuanto fueron estas grandes masas las que pusieron los muertos en la contienda.
La burguesía, una vez instaurada su dominación mediante la apropiación de los medios de producción y la legalización de su derecho a explotar al proletariado, olvidó sus aspiraciones democráticas.
Dada su tendencia a la concentración del poder económico, también requiere de la concentración del poder político, y esta necesidad le lleva a limitar los derechos de los trabajadores, que no fueron un regalo de nadie, sino el resultado de su participación en la lucha social.
Es necesario que la clase trabajadora no sólo utilice, sino que aprenda a utilizar para su beneficio colectivo, estas formas políticas de la democracia burguesa que son fruto de su lucha histórica.
Parece absurdo; sin embargo, es una consecuencia del carácter dialéctico de los fenómenos: el mismo sistema que busca perpetuarse genera las condiciones que permiten cuestionarlo y derrocarlo; por tanto, leyes laborales, prensa obrera, derecho de asociación, se convierten en herramientas tácticas que debe usar la clase trabajadora para debilitar y revolucionar ese estado de cosas existente.

"La abstención absoluta en política es imposible; todos los periódicos abstencionistas hacen también política. El quid de la cuestión consiste únicamente en cómo la hacen y qué política hacen", escribió Federico Engels en su texto "Sobre la acción política de la clase obrera", y más adelante señala: "Las libertades políticas, el derecho de reunión y de asociación, y la libertad de prensa, estas son nuestras armas. Y ¿deberíamos cruzar los brazos y abstenernos cuando se quiere quitárnoslas?
Se nos dice que toda acción política implica el reconocimiento del estado de cosas existente. Pero cuando este estado de cosas nos da medios para protestar contra él, recurrir a ellos no quiere decir que reconozcamos el estado de cosas existente".
Participar en las instituciones emanadas de la lucha encabezada por la burguesía, por ejemplo, el sistema parlamentario o el sufragio, no significa aceptar el orden de cosas existente como legítimo, sino aprovechar los resquicios que ese orden abre para combatirlo.
El reconocimiento de la existencia de la democracia burguesa no significa aceptación. Es reconocer que existe y que mediante ella se legaliza la opresión de los trabajadores, pero no significa necesariamente reconocer que sea justo o definitivo.
En la práctica, entonces, el proletariado puede convertir esas formas políticas de la dominación burguesa en herramientas de lucha, convirtiendo un espacio pensado para la estabilidad social en un espacio de agitación y organización, es decir, en un espacio donde se denuncien las atrocidades de las clases pudientes y sus esbirros, se promueva la sensibilización y la indignación, y se planifiquen las formas de actuación práctica de la clase trabajadora.
Por tanto, participar en elecciones o en organismos de decisión política y elaboración de leyes, como las cámaras de diputados y senadores, no es un reconocimiento de la legitimidad del orden capitalista, sino una oportunidad para propagandizar, organizar las fuerzas de los trabajadores y preparar la superación de ese sistema existente.
La clase trabajadora mexicana debe aprovechar este cúmulo de conquistas históricas. Sin embargo, no debe hacerlo a título individual ni desorganizadamente.
Es imprescindible que lo haga como partido político, que reconozca que las elecciones no son un fin en sí mismas, sino un recurso que debe utilizar para el fortalecimiento de la lucha revolucionaria; la mirada debe estar puesta en la creación de un país libre de explotación y de todas las condiciones que originan la pobreza y todas sus consecuencias.
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