MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

CRÓNICA | Chimalhuacán. Geografía del olvido

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• Habitantes exigen reparar vías dañadas tras 20 años sin recibir mantenimiento gubernamental

En Chimalhuacán, el tiempo no se mide sólo por las manecillas del reloj, sino por la recurrencia de las carencias. Aquí, los días se entrelazan con el eco de las cisternas sedientas y el polvo que se levanta en los caminos que aguardan una mano que los repare. 

Ante la sordera de la gobernadora Delfina Gómez, la comunidad ha optado por la única vía que le queda: la unidad.

Mientras la agenda oficial parece transcurrir en un plano ajeno, lejos de las colonias y de los rostros cansados que insisten en ser escuchados, el Estado de México —ese territorio de contrastes— se vuelve un eco sordo.

Transitar en estas tierras no es cualquier acto; es, a menudo, un deporte de supervivencia. Las calles, bautizadas con nombres de próceres o de ideales, hoy son más un laberinto de cráteres y cicatrices donde el asfalto ha cedido ante la desidia. 

Cuando llueve —esa lluvia que baja del cerro "El Chimalhuache" con la fuerza de un reclamo no atendido—, los baches se transforman en trampas invisibles, espejos de agua que ocultan la profundidad de una infraestructura que parece haberse desmoronado bajo el peso de los años.

Don Samuel sabe leer el pavimento mejor que cualquier plano de ingeniería. Lleva 20 años manejando su carrito por estas rutas y conoce cada cráter por su nombre, como si fueran heridas de una vieja guerra. 

"Si no esquivas el de la esquina de la calle Xochitenco, te quedas sin suspensión; si te confías en la avenida principal, te despides de una llanta", dice mientras su rostro, surcado por la preocupación, refleja el cansancio de quien ha visto pasar esta última administración, pero no el progreso. 

Para él, y para los cientos que como él recorren estas arterias cada mañana, el asfalto no es sólo material de construcción: es el termómetro de su dignidad.

El factor humano aquí se mide en minutos perdidos y en el silencio de los pasajeros cuando el vehículo se sacude violentamente al caer en un socavón. Es la madre que debe cargar a su hijo sobre los hombros para que no meta el pie en el lodo estancado de una calle que no ha conocido una pavimentación decente; es el joven estudiante que, al caminar hacia su preparatoria, tiene que elegir entre arriesgarse a ser atropellado por los autos que invaden el carril contrario tratando de evitar un bache, o llegar a clase con los zapatos cubiertos de tierra y frustración. 

Es, en esencia, la vida a la intemperie de un estado que exige impuestos, pero que parece haber olvidado el mantenimiento de sus venas.

Sin embargo, en este mapa de baches, la resignación no ha logrado echar raíces. Ante la sordera de la gobernadora Delfina Gómez, que desde las comodidades del poder parece ignorar que las calles no son sólo vías de tránsito, sino arterias que conectan sueños, trabajo y familias, la comunidad ha optado por la única vía que le queda: la unidad.

La exigencia no es un favor solicitado: es un derecho reclamado a grito abierto. Ya no se trata sólo de parches temporales que la primera lluvia se lleva; se trata de una demanda de justicia básica. 

Cuando los vecinos se reúnen, cuando las mantas se despliegan en las esquinas y cuando el eco de la marcha retumba sobre el pavimento agrietado, están enviando un mensaje claro: la omisión tiene un límite.

La organización vecinal, ese tejido invisible que sostiene a Chimalhuacán cuando todo lo demás falla, se levanta hoy como una muralla ante la indiferencia. Porque una calle sin baches es el primer paso hacia una vida digna, y el pueblo ha decidido que, si la autoridad no tiene la intención de mirar hacia abajo, hacia el suelo que pisamos, ellos mismos se encargarán de recordarle que el camino hacia el cambio se construye precisamente desde el pavimento que hoy les niegan.

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