Seis años han transcurrido desde la partida de nuestro camarada Cristóbal Pilar Reyes, y su recuerdo continúa presente entre quienes tuvimos el privilegio de conocerlo, trabajar a su lado y aprender de su ejemplo.
Los ideales no desaparecen con la muerte de quienes los defienden; continúan vivos mientras existan personas dispuestas a hacerlos realidad.
El paso del tiempo no ha disminuido la huella que dejó en nuestra querida organización el Movimiento Antorchista Nacional, ni en el frente donde dedicó gran parte de su vida a dirigir, orientar y servir como buen revolucionario. Sus años al frente de las finanzas de la organización fueron fortificantes, dieron resultados y honraron su trabajo y los mismos ideales que defendió hasta el último día de su existencia.
Cristóbal fue un ejemplar militante antorchista. En ese contexto, la vida de nuestro mártir representa una enseñanza en la que su mayor riqueza fue la honestidad, el respeto de sus compañeros y la satisfacción de haber entregado su esfuerzo a una causa colectiva: la organización de los sectores más desprotegidos para que fueran capaces de defender sus derechos y mejorar sus condiciones de vida.
Quienes militamos en el Movimiento Antorchista sabemos que la transformación social no ocurre por generación espontánea ni depende exclusivamente de la buena voluntad de los gobernantes. Es el resultado de la organización, la educación política y la participación consciente y organizada del pueblo.
Esa convicción fue uno de los principios que guiaron la labor de Cristóbal Pilar Reyes durante toda su trayectoria. Su trabajo cotidiano consistía en administrar de manera correcta los negocios humildes de la organización y, sobre todo, insistirnos en que la unidad del pueblo trabajador es la herramienta más poderosa para enfrentar la pobreza, la desigualdad y el abandono.

En ese contexto, con esta mal llamada transformación, la situación de las clases bajas empeoró; ahora los pobres son más pobres, a tal grado que los economistas afirman que la continuidad del fallido proyecto de nación de la presidenta no se debe únicamente al efecto de deterioro de la inflación o las secuelas de los bajos salarios, sino también al resultado de una mala dirección en la administración pública y de una deficiente política económica.
A pesar de que nuestro país es una de las economías más fuertes —nos ubicamos en el lugar 14 a nivel mundial—, lo irónico es que somos ricos en recursos naturales, en materias primas para la producción; tenemos petróleo como una fuente de ingreso importante y una mano de obra de las mejor calificadas a nivel mundial; pero lamentablemente, el fruto de todo ese esfuerzo de producción no lo aprovechamos los trabajadores mexicanos, sino unos cuantos, y la inmensa mayoría está en la pobreza.
Los datos del propio gobierno federal, recién difundidos, dan cuenta de otro revés económico, de que fracasaremos en la lucha contra la pobreza y los demás lastres que de esta se desprenden.
Sin duda, para los gobiernos es más importante que sigamos ignorantes, que creamos fielmente y a ojos cerrados la palabra de los gobernantes, que no nos atrevamos a criticar en lo absoluto ninguna de las acciones y políticas que ellos implementen.

En tiempos electorales como los de ahora, los gobiernos federal y locales, como siempre, buscan sacar raja política a los programas sociales, y el primero en hacerlo es el de la 4T, que se adjudica la paternidad y su usufructo de todo lo que huela a la posible adjudicación de votos.
Ante los malos resultados, no hay duda alguna de que la 4T es un mal que afecta considerablemente a los mexicanos; hay escasez de oportunidades, y en las manos del pueblo trabajador está la solución para remediar este problema, pues solamente la unidad indestructible del pueblo será el escudo y la defensa eficaz contra los abusos de los que son objeto los pobres de nuestra patria.
El Movimiento Antorchista ha sostenido desde su origen que la organización popular constituye el camino más eficaz para combatir las profundas desigualdades que persisten en nuestro país.
En ese esfuerzo, Cristóbal Pilar Reyes desempeñó un papel relevante, convencido de que educar políticamente al pueblo era tan importante como gestionar obras y servicios. Comprendía que las soluciones duraderas solo pueden alcanzarse cuando la ciudadanía deja de ser espectadora y se convierte en protagonista de su propio destino.

Las nuevas generaciones tienen mucho que aprender de figuras como la suya. En una época dominada por las redes sociales, la inmediatez y la política del espectáculo, resulta necesario reivindicar el valor del trabajo constante, de la formación ideológica y del compromiso con las causas colectivas.
La transformación de una comunidad no depende de discursos llamativos, sino de la suma de esfuerzos permanentes y de la capacidad para organizar a la población alrededor de objetivos comunes.
Recordar a Cristóbal Pilar Reyes no significa únicamente rendir homenaje a una persona; significa reconocer la importancia de todos aquellos hombres y mujeres que, en Antorcha, dedicaron su vida a servir a los demás. Son ellos quienes fortalecen el tejido social, impulsan la participación ciudadana y mantienen viva la esperanza de que un país más justo es posible.
Seis años después de su partida, su presencia permanece en la memoria de quienes compartieron con él jornadas de trabajo y esfuerzos colectivos. Permanece también en cada antorchista que comprendió, gracias a sus enseñanzas, que la organización es el instrumento más eficaz para conquistar mejores condiciones de vida.

Los ideales no desaparecen con la muerte de quienes los defienden; continúan vivos mientras existan personas dispuestas a hacerlos realidad.
El mejor homenaje que puede rendirse a Cristóbal Pilar Reyes es continuar la tarea que asumió con convicción y entrega: fortalecer la organización popular, promover la conciencia social y trabajar todos los días por quienes más lo necesitan.
Esa es la mejor manera de mantener vivo su legado y de demostrar que el esfuerzo de toda una vida no fue en vano. Mientras existan hombres y mujeres comprometidos con esos principios, la memoria de Cristóbal Pilar Reyes seguirá ocupando un lugar de honor en la historia del Movimiento Antorchista y en el corazón de quienes compartieron su lucha.
Por eso y más, el próximo 25 de octubre honraremos a nuestros mártires antorchistas: la memoria de Cristóbal Pilar Reyes, Bertha Portilla Díaz y Virginia Esteban Franco, porque cada uno de ellos se ganó la inmortalidad para nosotros; por eso los recordaremos como si estuvieran vivos entre nosotros, porque su ejemplo, sus ideas y su trabajo se quedarán para siempre en los recuerdos de los quintanarroenses y de todo el país.
¡Cristóbal, en Antorcha sigues vivo por siempre, camarada!
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