Los medios de información han anunciado que Mark Zuckerberg, uno de los hombres más ricos del mundo y dueño principal de la empresa Meta (propietaria de las redes sociales Facebook, Instagram y WhatsApp, que en conjunto suman 3,500 millones de usuarios diariamente, o sea, cuatro de cada diez habitantes del planeta), ha sido llamado a declarar en un juicio en Los Ángeles, California, donde “Kaley”, una joven de 20 años, acusa a dicha empresa de daños graves a su salud, provocados por la adicción inducida a las redes sociales desde que era niña.
La joven usa Instagram desde los 9 años y afirma que las funciones adictivas de esa aplicación, a la que algunos días estuvo conectada hasta 16 horas, la llevaron a desarrollar ansiedad, dismorfia corporal (una afección en la que las personas presentan una preocupación excesiva por lo que consideran defectos en su aspecto físico, causándoles un sufrimiento clínicamente significativo e interfiriendo con su calidad de vida) y pensamientos suicidas, y que sufrió acoso y extorsión sexual en esa red. Acusaciones similares fueron formuladas contra YouTube.
Durante el juicio, recién iniciado esta semana, “A Zuckerberg se le presionó el miércoles sobre si los niños menores de 13 años tienen acceso a Instagram. La aplicación técnicamente requiere que los usuarios tengan 13 años para registrarse, y Zuckerberg dijo que los niños más pequeños “no están permitidos en Instagram”. Pero Lanier (el abogado de “Kaley”) mostró un documento interno de 2015 que estimaba que más de 4 millones de usuarios de Instagram tenían menos de 13 años, lo que, según decía, representaba “el 30% de todos los niños de 10 a 12 años en EE. UU”.
En otro intercambio tenso, Lanier interrogó a Zuckerberg sobre la decisión de Instagram de permitir filtros de “belleza” que manipulan la cara de un usuario para que parezca que lleva maquillaje o se ha sometido a cirugía facial. Meta consultó con 18 expertos que concluyeron que tales filtros pueden causar daño, dijo Lanier. Instagram finalmente decidió permitir esos filtros creados por los usuarios”. (CNN en español, 18 de febrero 2026).
Hay miles de familias que han visto como se daña gravemente la salud mental de sus hijos al volverse adictos a las redes y cómo algunos jóvenes han muerto por suicidio presuntamente provocado por esa adicción, por lo que esas familias esperan un severo castigo para los multimillonarios propietarios de las redes. Sin embargo, se requiere más que un buen abogado y un jurado para que esa gigantesca maquinaria de adicción y manipulación sea desmantelada o usada para bien de la mayoría de las personas del mundo, incluidos en primer lugar los niños y niñas que fácilmente entran a las redes declarando una edad mayor a la que tienen, se enfrentan a contenidos devastadores para su inocencia, brutales, absolutamente prematuros y adictivos, y desde entonces se deslizan en una pendiente que los lleva a depender emocionalmente de lo que aparece en la red, se obsesionan por tener “éxito” en lo que publican, traducido en recibir el mayor número de reacciones y aprobaciones de sus “amigos” virtuales y participan activamente en las “tendencias” de todo tipo, como consumir sustancias no digeribles, hacer bromas que ponen en riesgo a quien las sufre, o vestirse y asumirse como animales, entre muchas otras que consumen su tiempo y su inteligencia en banalidades.
Derrotar a esos gigantes de las redes es imposible sin cambios estructurales profundos en la sociedad, tan profundos que sean capaces de acabar con el capitalismo. El primer obstáculo es la propia ley, la cual está formulada para proteger a esas poderosas empresas, es la voluntad de la clase dominante convertida en norma: “Los gigantes de internet han argumentado que están protegidos por la sección 230 de la Ley de Decencia en las Comunicaciones de Estados Unidos, que les exime de responsabilidad por lo que publican los usuarios de las redes sociales”, publicó France24.com.
Y aunque excepcionalmente el jurado fallara a favor de la denunciante “Kaley”, algo que muchos deseamos sinceramente que ocurra, las consecuencias se limitarían a este asunto en particular, obligarían en el mejor de los casos a una indemnización a la víctima, pero dejarían fuera a muchos otros igualmente afectados, que tendrían que iniciar o continuar un procedimiento judicial individual cada uno de ellos por su cuenta. Las empresas resultarán sin gran daño, puesto que el jurado no está sometiendo a juicio la existencia de las redes sociales en la forma que las conocemos, sino juzgando la queja de una víctima.
Aún siendo derrotadas en este juicio y obligadas a pagar algunos millones de dólares, esas empresas seguirán intactas en la primera línea de las grandes corporaciones de las que forman parte y aún dominan una buena parte del planeta. Las grandes empresas tecnológicas dueñas de las redes no son marginales medios de difusión de la ideología dominante, sino que son protagonistas principales en la guerra por el control del mundo.
“La tecnología ya no es un tema periférico, sino parte estructural de ´la seguridad´ (léase guerra) global”, escribe Andrés Piqueras en un análisis sobre la recién realizada Conferencia de Seguridad de Munich, en la que la OTAN y sus aliados discutieron cómo prolongar su dominio del mundo. “En concreto la Conferencia destaca como elementos clave la ciberseguridad, las infraestructuras digitales críticas, la inteligencia artificial y la competencia tecnológica entre potencias. Lo cual imprime los pasos de un nuevo camino: Múnich deja de ser sólo "tanques y tratados" para integrar plenamente lo digital” y destaca el surgimiento de lo que llama la info-oligarquía, ese poderoso e inescrupuloso grupo de multimillonarios “que está al frente de las grandes corporaciones tecnológicas, las cuales controlan infraestructuras digitales (nubes, redes, servidores, sistemas operativos...), plataformas de interacción (redes sociales, buscadores, marketplaces...), algoritmos de decisión (recomendación, moderación, publicidad...), datos masivos (hábitos, preferencias, ubicaciones, relaciones...) y que, por consiguiente, tienen la capacidad de moldear comportamientos (lo que se ve, lo que se compra, lo que se cree que es importante...) […] Tienen un poder económico superior al de la mayoría de los Estados. No es casualidad, pues, que los líderes de las grandes tecnológicas tengan más visibilidad que muchos jefes de Estado o presidentes de gobierno”.
Se trata, en resumen, de una enorme y eficaz maquinaria para controlar millones de cerebros, obtener miles de millones de datos de los usuarios, que los entregan voluntaria y obsesivamente, y hacer con ellos fabulosos negocios al venderselos a los anunciantes y también están disponibles para operaciones políticas y de espionaje. “Facebook, en particular (dijo Julian Assange), es la máquina más terrible de espionaje que se ha inventado nunca. Aquí tenemos la más completa base de datos mundial sobre las personas, sus relaciones, sus nombres, sus direcciones, sus ubicaciones y las comunicaciones entre ellos, sus familiares, todo archivado dentro de los Estados Unidos, todo accesible a la inteligencia de Estados Unidos”.
Ese enorme poder, protagonista principal de la guerra por el dominio del mundo, es el que está en el banquillo de los acusados frente a “Kaley”. Es el que daña millones de mentes infantiles, juveniles y adultas volviéndolas adictos a las redes y refractarias a la lectura, al arte, a la ciencia y al deporte, manipulándolos a su antojo. Ese enorme poder es una parte estructural del imperialismo y no lo podrá derrotar más que un poder más enorme, el de los pueblos educados, organizados, luchadores y reclamantes de una vida mejor para sus hijos: desarrollada, culta, libre, bella y pacífica.
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