Decidir estudiar para un joven de la Sierra Tarahumara es una decisión difícil dadas las condiciones educativas en la zona, la falta de ingresos de las familias y en lugar de abonar al ingreso familiar, ser una carga económica en la búsqueda de una profesión. A pesar de todo, hay quienes no se rinden. Desde hace más de 35 años, las Casas del Estudiante "Antonio Sosa Perdomo" han sido ese apoyo que les permite seguir en la escuela y demostrar que una oportunidad puede cambiar el rumbo de una vida.

Entre montañas y sueños
Todavía no amanece en la Sierra Tarahumara cuando Miguel, joven originario de Sisoguichi, municipio de Bocoyna, ya está de pie. Antes de pensar en la escuela ayuda a su familia a cargar agua, alimentar a los animales y encender el fogón. Después toma una mochila desgastada y comienza una caminata de varios kilómetros para llegar a la carretera, donde espera encontrar algún vehículo que lo acerque al bachillerato. Esa rutina, que para él es cotidiana, refleja la realidad de cientos de jóvenes que todos los días luchan por ejercer un derecho que para otros parece garantizado: estudiar.
La historia de Miguel no es un caso aislado, de acuerdo con el Programa Estatal de Educación Superior 2023-2027, en Chihuahua viven 110 mil 498 personas hablantes de alguna lengua indígena, de las cuales 86 mil 033 pertenecen al pueblo rarámuri. Una parte importante de esta población habita en municipios serranos, donde la dispersión geográfica, la falta de infraestructura y las condiciones económicas dificultan el acceso a la educación media superior y superior.

Cuando la pobreza obliga a abandonar las aulas
En estas comunidades, la decisión de abandonar la escuela pocas veces responde a la falta de interés. La causa casi siempre tiene el mismo nombre: pobreza.
El Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval) ubica a municipios como Guadalupe y Calvo, Batopilas, Urique, Morelos y Guachochi entre los de mayores niveles de pobreza y rezago social del estado. Cuando el ingreso familiar apenas alcanza para alimentar a todos, continuar estudiando se convierte en un privilegio que muchas familias no pueden costear.
"Quería seguir estudiando, pero mi papá enfermó y tuve que irme a trabajar. Pensé que sería por unos meses, pero ya pasaron varios años", relata Sofía, una joven originaria de Guachochi que ahora es trabajadora doméstica en el municipio de Cuauhtémoc. Como ella, muchos adolescentes dejan los salones para trabajar en ranchos, en la construcción o emigrar a las ciudades con la esperanza de ayudar económicamente a sus familias.

El reto de llegar a la ciudad
Quienes logran terminar el bachillerato enfrentan un nuevo desafío: salir de la Sierra para estudiar una carrera profesional. Para muchos, la ciudad de Chihuahua representa un mundo completamente distinto. El ruido, el transporte, el ritmo acelerado y la distancia de sus familias son apenas el comienzo de un proceso de adaptación que suele ser tan difícil como el desafío económico.
La discriminación también forma parte de ese camino. Algunos jóvenes rarámuri relatan que han sido objeto de burlas por su forma de hablar, por su vestimenta o simplemente por provenir de una comunidad indígena. Son actitudes que hieren y que, en ocasiones, hacen más pesada la carga de estar lejos de casa.
Investigaciones de la Universidad Nacional Autónoma de México advierten que la población indígena continúa enfrentando importantes barreras para acceder y permanecer en la educación superior. Estudios recientes señalan que cuatro de cada diez personas indígenas en edad escolar no asisten a clases, mientras que únicamente alrededor del 17 por ciento logra ingresar a la universidad, una muestra de las profundas desigualdades que persisten en México.

Un hogar lejos de casa
En medio de este panorama, desde hace más de 35 años las Casas del Estudiante "Antonio Sosa Perdomo", en sus secciones varonil y femenil, han cambiado la historia de decenas de jóvenes provenientes de la Sierra Tarahumara y de otras comunidades marginadas del estado.
Más que un albergue, representan un hogar donde los estudiantes encuentran alojamiento, alimentación y un ambiente que favorece el estudio. Para muchos, es la diferencia entre abandonar la universidad o concluir una carrera profesional.
"Aquí entendí que no estaba solo. Todos veníamos de comunidades humildes y compartíamos el mismo sueño: terminar una carrera para ayudar a nuestras familias", menciona con tranquilidad Jasiel Quintana, joven oriundo de Urique, morador de la casa y estudiante de la Universidad Autónoma de Chihuahua desde hace más de 3 años.
Para Jasiel, el llegar a la ciudad fue todo un reto, primero familiar, pues dejaba atrás a sus padres, hermanos, amigos. En segundo lugar, el adaptarse al ritmo de la ciudad, el conocer las rutas del transporte público, los costos, el dinamismo de la misma universidad. Pero eso fue más fácil superarlo ya instalado en la casa del estudiante, donde conoció a más jóvenes que también provenían de la Sierra Tarahumara, de otros municipios, pero que compartían la misma realidad y deseos de salir adelante.
“Cuando ingresé a la universidad y pasaban los semestres, era como subir una montaña, entre más alto iba, más lejos miraba, mi mente se abría a nuevos retos, entonces comencé a invitar a mis amigos a que se animaran, dejaran atrás el miedo y se dieran una oportunidad en la universidad, ellos, a diferencia de mí, ya tenían un amigo en la ciudad y las puertas de la casa del estudiante abiertas”, mencionó emocionado Jasiel.

La educación, de la mano de las casas del estudiante, rompe el ciclo de la pobreza
Durante más de tres décadas, estas casas han sido semillero de médicos, enfermeros, ingenieros, maestros, abogados y otros profesionistas que hoy trabajan en distintos municipios del estado. Muchos fueron los primeros universitarios de sus familias y regresaron a sus comunidades para poner sus conocimientos al servicio de quienes más lo necesitan.
Algo que resaltan los jóvenes ex moradores de la casa del estudiante es la educación integral y humanista que reciben dentro del albergue. La cultura, el deporte, el apoyar a comunidades y colonias es fundamental. La educación, para ellos, es la puerta al progreso de todos. La educación debe ser para el servicio del colectivo y no solo del individuo.
Cada título obtenido representa mucho más que un logro individual. Es el esfuerzo de padres que hicieron sacrificios para apoyar a sus hijos, de jóvenes que vencieron la pobreza y la discriminación, y de una organización que decidió apostar por la educación como herramienta de transformación social.

Una oportunidad que no debería depender del dinero
Cada amanecer, mientras el frío vuelve a cubrir las montañas de la Sierra Tarahumara, cientos de jóvenes emprenden el mismo camino hacia la escuela. Lo hacen con la esperanza de que el estudio les permita construir un futuro diferente.
Su historia demuestra que el talento nunca ha faltado en la Sierra. Lo que sigue haciendo falta son oportunidades.
Mientras la pobreza continúe obligando a miles de jóvenes a cambiar los libros por el trabajo, el derecho a la educación seguirá siendo una deuda pendiente. La experiencia de las Casas del Estudiante "Antonio Sosa Perdomo" confirma que cuando existen condiciones para estudiar, los sueños dejan de ser una promesa lejana y comienzan a convertirse en historias reales de superación, dignidad y esperanza.
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