MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Recordar a Guadalupe Villalobos, compromiso para continuar su obra

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• 25 años después del adiós a Lupita, el activismo y la educación rinden frutos en la capital

¿Qué hace que el recuerdo de una persona permanezca en la memoria de una comunidad aun cuando han pasado 25 años de su partida? No son solamente las fotografías guardadas ni los recuerdos personales, sino precisamente las obras que impulsó en vida las que permanecen en las generaciones que fueron beneficiadas con ellas, y por supuesto que en las ideas que otros han decidido continuar.

Guadalupe Villalobos, Lupita, como la llamaban quienes trabajaron a su lado, pertenece a esa clase de personas.

Su nombre está ligado y sigue presente en la historia de la colonia 6 de Junio, en Gustavo A. Madero, porque su vida no transcurrió al margen de los problemas de las familias de esta comunidad, al contrario, Guadalupe hizo de esas dificultades una razón para organizarse y luchar para resolverlas.

Lupita fue una luchadora social y educadora, tanto de niños, jóvenes y adultos, que no se limitó a señalar las carencias de la colonia 6 de Junio; caminó sus calles, conoció a sus familias y luchó de su mano para transformar de manera positiva las condiciones en las que vivían.

Uno de los frutos más importantes de su trabajo es la fundación de la escuela primaria Wenceslao Victoria Soto, institución necesaria, que ha albergado durante varios años a generaciones de niños, que han egresado de sus aulas con una enseñanza distinta y con gran amor por las bellas artes, algo que distingue a las escuelas fundadas por el Movimiento Antorchista a lo largo y ancho de nuestro país.

Esta primaria a lo largo del tiempo ha demostrado con hechos palpables el gran acierto de Lupita, pues también se ha distinguido por su calidad educativa. Hoy puede parecer natural que los niños tengan un espacio para estudiar, pero no debemos olvidar jamás que detrás de una escuela, muchas veces existe, como en este caso, una historia de personas que tuvieron que organizarse para hacerla posible.

Justamente aquí se encuentra una de las enseñanzas más importantes de la vida de Lupita: el trabajo, esfuerzo y una vida dedicada a ser útil, porque las obras que verdaderamente transforman a una comunidad no aparecen de un día para otro, sino que se construyen con perseverancia, organización y la convicción de que las cosas deben ser diferentes, por el bien de todos.

Es muy importante decir que, para Lupita, además, educar tampoco significó únicamente transmitir conocimientos, porque la formación de un niño no podía reducirse a aprender matemáticas, español o ciencias. Había que despertar también su sensibilidad, acercarlo a la cultura, enseñarle a apreciar la poesía, la música, el baile y otras expresiones artísticas.

Esta forma de ver las cosas es muy útil, sobre todo en una época en la que muchas veces se considera que el arte y la cultura son actividades secundarias, destinadas solamente al entretenimiento. Para Lupita no fue así.

Ella entendió que la cultura forma parte de la educación porque también ayuda a desarrollar la sensibilidad, la imaginación y la capacidad de comprender a los demás, además ayuda a los individuos a entender el mundo y las injusticias que se cometen con los más débiles, logrando asimilar el papel fundamental que cumple la sociedad para que se logre una transformación profunda, que ponga en primer lugar, precisamente a esa sociedad, que busque el bienestar colectivo no personal.

25 años después de su partida, su recuerdo permanece vivo precisamente en aquello por lo que luchó: niños y jóvenes participando en actividades culturales, familias reunidas disfrutando del arte, y una comunidad que valora y sigue fomentando el arte, porque sabe que a través de él puede expresar lo que piensa y lo que siente.

Las carencias de una familia pueden parecer individuales, pero cuando esas mismas carencias se repiten en muchas familias dejan de ser un problema particular y se convierten en un problema social.

Por eso el legado de Lupita va más allá de una escuela o de las actividades culturales que impulsó, aunque esto es muy valioso, resalta su manera de entender la vida y profunda convicción de que los problemas de una comunidad no deben enfrentarse de manera aislada, sino colectivamente, porque así se obtiene la fortaleza para resolverlos.

Las carencias de una familia pueden parecer individuales, pero cuando esas mismas carencias se repiten en muchas familias dejan de ser un problema particular y se convierten en un problema social. Frente a ello, lo que queda es luchar para mejorar las condiciones de vida, por eso Lupita apostó por la organización y por el trabajo colectivo.

Todo esto nos aclara por qué su recuerdo es tan importante para todos aquellos que viven en la colonia 6 de Junio y para todos los antorchistas de la capital del país, porque no se trata solamente de recordar a una mujer que hizo cosas importantes en el pasado.

Porque hoy reconocemos que muchas de las condiciones que dieron sentido a su trabajo siguen siendo problemas que requieren atención, organización y lucha. Que, en estos tiempos, más que nunca, necesitamos tener clara la necesidad de mejorar nuestras condiciones de vida y ser conscientes de que un cambio real es verdaderamente necesario y sobre todo posible.

Por eso, al Movimiento Antorchista le queda claro que quienes entregan su vida a una causa no desaparecen completamente, permanecen en la obra que construyeron y en todos aquellos que han aprendido de su ejemplo. 

La presencia de Lupita puede encontrarse en una escuela, pero también en las personas que participaron con ella y en los niños que, muchos años después, continúan formándose en ese espacio.

Cada aniversario luctuoso permite más que recordar, preguntarnos qué tanto de aquello que una persona defendió sigue vigente y qué corresponde hacer a quienes vienen después para continuar su obra. 

Debemos seguir construyendo, debemos seguir impulsando la educación como una herramienta de transformación, acercando a los niños a la cultura, y fortaleciendo la organización en las comunidades, porque los mexicanos no debemos resignarnos a aceptar como inevitable la vida que vivimos y las necesidades como algo que no podemos cambiar.

Esa, definitivamente, es la verdadera manera de mantener viva la memoria de quienes dedicaron su existencia a los demás.

No convertirlos solamente en figuras del pasado, sino hacer que sus ideales sigan contando con un lugar en el presente, y que su recuerdo sea el impulso para cada día ser mejores, que ellos sean el ejemplo que debemos tomar para hacer un cambio profundo en nuestra patria, algo que urge por todos los males que aquejan a nuestra sociedad.

Hoy nos queda muy claro que, mientras haya niños que entren a la escuela que Lupita ayudó a construir, jóvenes que encuentren en el arte una forma de crecer, familias que sigan creyendo en la organización y luchando, no sólo por la solución de sus demandas, sino poniendo su granito de arena para que otros logren mejores condiciones de vida, habrá razones para afirmar que Lupita no se ha ido del todo. Su vida permanece allí donde otros continúan su obra.

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