MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

¿Para qué sirve la democracia a la clase trabajadora?

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  • La organización colectiva y la unidad de la clase trabajadora son indispensables para transformar la realidad política actual

Ya todo el mundo normalizó que las campañas electorales arranquen con muchísima anticipación, como si fuera lo más natural del mundo. Y hay que decirlo con claridad: la ley electoral es letra muerta, porque los mismos partidos la ignoran cuando les conviene.

Con ese panorama, uno se pregunta si de verdad sirve de algo salir a votar. Al final, la voz de la gente, esa que tanto invocan los políticos en sus discursos, se les olvida en cuanto llegan al cargo.

Nos ponen a elegir diputados, alcaldes o gobernadores, pero no nos dan opciones reales; al final, siempre terminamos escogiendo entre el mal menor o el peor de los males.

Conviene ser críticos con la democracia que tenemos en nuestro país. Aunque formalmente participemos con el voto, lo cierto es que no se ha convertido en un mecanismo real para defender los intereses de la gente trabajadora.

Los políticos que llegan al poder no nos representan. Basta ver el presupuesto de cada año: se destina muy poco a obra pública en nuestras colonias y comunidades.

Y esto ocurre porque la clase política terminó siendo siempre la misma: entre ellos se dicen opositores y oficialistas, pero bien sabemos que forman una sola camarilla que intercambia favores, brincando de partido según les convenga. ¿Qué confianza podemos tenerle a quienes cambian de bandera política como si se cambiaran de calcetines?

Cuando estos administradores públicos llegan al poder, su prioridad es asegurar su próximo puesto, vivir de apariencias y culpar a los demás cuando las cosas salen mal. Su otra gran prioridad es quedar bien con quienes tienen más dinero.

Los trabajadores, los pequeños comerciantes, la gente del campo, los jornaleros, los del sector informal y muchos profesionistas sencillamente no somos prioridad para el gobierno; a nosotros sólo nos tocan las sobras. 

Y esas sobras se ven en todos lados: los servicios públicos están mal, y el asistencialismo que nos dan es muy poco comparado con lo que realmente necesitamos.

La prueba está en la recaudación de impuestos, que es profundamente desigual: se le carga a las familias trabajadoras del campo y de la ciudad, y no a los grandes millonarios, rompiendo con eso de que quien gana más debería pagar más.

Ocurre entonces una desigualdad muy difícil de ocultar. Aunque la mayoría de la gente en San Luis Potosí y en todo México pertenece a la población trabajadora y depende de su esfuerzo diario para comer, nuestra representación política efectiva es meramente simbólica.

Esto es una contradicción enorme, porque en términos económicos los trabajadores somos indispensables: sin el campesino, el obrero y el empleado de a pie, esta economía no se movería ni un centímetro. 

La ley electoral es letra muerta, porque los mismos partidos la ignoran cuando les conviene.

La pregunta clave es ¿por qué no tenemos una representación política proporcional a nuestra fuerza? Y la respuesta es incómoda: porque se la hemos regalado a esa clase política que vive a costa de nuestro trabajo.

Lo peor es que todavía varios de nosotros le tienen fe a ese sistema, pensando que los problemas van a cambiar por arte de magia con solo cambiar de un partido a otro, y terminamos peleándonos entre nosotros por políticos que en el fondo hacen exactamente lo mismo.

Claro que es posible construir una política diferente, pero esa sólo nacerá cuando la clase trabajadora tome conciencia, entienda cómo funciona el asunto y deje de estar en desventaja. No tenemos el dinero ni las influencias de los grandes empresarios, pero sí tenemos el número, y el número pesa cuando trabajamos coordinados.

Estar organizados significa jugar como un solo equipo. Significa no regalar ni vender el voto de forma individual por una despensa o una falsa promesa, porque actuando aislados no hacemos sentir nuestro peso.

Al estar unidos podemos exigirle de frente a cualquiera que busque nuestro voto en las colonias y reclamarle si no cumple, e incluso podemos impulsar a gente de nuestras propias filas para que defienda nuestros intereses.

No esperemos a que llegue un político milagroso a resolvernos la vida. No esperemos a que nos regalemos lo que por derecho nos corresponde.

La fuerza no está arriba, en esos escritorios donde se reparten favores mientras el pueblo aguanta; la fuerza está aquí abajo, en cada mano callosa, en cada sudor diario, en cada familia que saca adelante su casa con esfuerzo.

Somos muchos, somos la mayoría, y cuando esa mayoría despierta y se organiza, ya nada la detiene. La verdadera solución no vendrá de un partido ni de un caudillo: nacerá de nuestros pueblos y barrios, de nuestra gente, de nuestra unión.

Sólo así, unidos y conscientes, podremos cambiar la suerte de la clase trabajadora. Porque mientras sigamos divididos, otros seguirán decidiendo por nosotros; y eso no puede ser llamado nunca democracia.

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