MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La producción, el desarrollo de la ciencia y los obreros

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• Más de 12 mil soldados fueron movilizados para sofocar protestas obreras durante la Revolución Industrial

Decía en una colaboración anterior que la ciencia económica, por un lado, ha presentado el análisis correcto, científico, del funcionamiento de la sociedad capitalista; y que, por otro, este análisis se ha confirmado recurrentemente por los hechos, que son el último criterio de verdad, por lo que está resuelta la duda acerca del futuro de la sociedad y confirmado que tal futuro no será “distópico”, como profetizan muchos, sino sencillamente una sociedad mejor.

La tecnología no se desarrolla de manera neutra; el capitalismo inhibe el desarrollo de innovaciones que no se alinean con sus intereses económicos e impulsa las que sí, monopolizando su control.

Decía también que ese análisis científico demuestra cómo el sistema mismo nos lleva, por su propio y natural desarrollo, a ese mejor futuro, con una única condición inevitable: desaparecer o, mejor dicho, evolucionar dialécticamente, para dar paso a otro sistema.

Ese análisis, cada una de sus partes, son el reflejo de las contradicciones del sistema, y su explicación. Esas mismas repulsivas y objetivas contradicciones del sistema son las que dan pie a las delirantes distopías; solo que estas no son un futuro imaginario, sino una realidad ya existente, son la realidad actual; la distopía no es el futuro, es el presente.

Por ejemplo, el desarrollo de la ciencia, incluida la hoy llamada “Inteligencia Artificial”, y quién sabe qué nuevos inventos del hombre surjan más adelante y la dejen atrás, aplicados a la vida productiva, se dice, terminarán desplazando a los trabajadores provocando desempleo, hambre y disturbios sociales. 

En realidad, eso sucede desde hace muchos años. El ludismo fue un movimiento de protesta surgido en Inglaterra a comienzos del siglo XIX (1811-1816 aproximadamente), en los inicios de la Revolución Industrial, protagonizado por artesanos que destruían maquinaria textil. Liderados simbólicamente por Ned Ludd, sus actos incluyeron ataques organizados nocturnos a fábricas y envío de amenazas escritas a dueños, respondiendo a los males que les causaba la apenas incipiente mecanización. 

La aparición de máquinas trajo como consecuencia la reducción salarial, el desempleo y el deterioro de sus condiciones laborales y domésticas. Se documenta que, en el auge del movimiento, entre 1811 y 1816 en Inglaterra, los obreros destruyeron entre mil y mil 200 máquinas.

Lo más terrible no era ese movimiento de los obreros, que fue, en efecto, en detrimento de la salud de las pobrecitas máquinas y de la ganancia de los patrones, sino las degradantes condiciones de vida de esos mismos obreros que lo generaron y, sobre todo, la respuesta bestial del gobierno británico que reprimió ferozmente el movimiento, llegando a movilizar a 12 mil soldados y aprobando la pena de muerte para la destrucción de máquinas en 1812.

Aunque se popularizó como odio de los obreros a la tecnología, el ludismo no era un rechazo a la tecnología per se, sino una respuesta desesperada al desempleo, la reducción de salarios y el empeoramiento de las condiciones de vida, a la ausencia de voz política u organización sindical que orientara y diera curso a sus reclamos; fue, en esencia, una forma, la única disponible en esas circunstancias, de protesta social contra la pérdida de derechos laborales y condiciones infrahumanas impuestas por la Revolución Industrial.

Lo que realmente causa el hambre y la miseria de los trabajadores no es la máquina ni el desarrollo de la ciencia y la técnica, sino el sistema económico que convierte a los medios de producción (sean avanzados o no) y a la misma fuerza de trabajo en propiedad del dueño del dinero, y le permite explotar el trabajo humano ajeno a su gusto con el único fin de obtener en el proceso una ganancia, la cual busca frenéticamente y no le importa el modo ni el proceso que la genera, no le importa la producción misma, ni los bienes de consumo que produce, ni el gasto de recursos naturales, ni, menos aún, lo que le pasa al obrero.

Karl Marx lo explicó, especialmente en “El capital”: la carrera por el desarrollo tecnológico en el sistema capitalista no es un proceso imparcial de progreso humano, sino una dinámica determinada por las condiciones históricas materiales y las necesidades del mismo sistema; la loca carrera por llevar la delantera en la tecnología respecto a las empresas de la competencia es impulsada por la búsqueda de plusvalía, que solo de este modo se obtiene.

Al incrementar la productividad general, reduciendo el tiempo de trabajo necesario y aumentando el plustrabajo, el capitalista obtiene una ganancia que de otro modo no obtiene (plusvalía relativa). 

Cuando determinada empresa lleva la delantera (con mejor tecnología que el promedio) en los avances tecnológicos, obtiene una ganancia temporal extra (plusvalía extraordinaria) que conservará solamente si se mantiene en esa delantera.

De este modo, el capitalismo realmente no impulsa en general el desarrollo científico y tecnológico, lo hace de manera selectiva; no impulsa el desarrollo, lo secuestra y usa para obtener ganancias. La tecnología no se desarrolla de manera neutra; el capitalismo inhibe el desarrollo de innovaciones que no se alinean con sus intereses económicos e impulsa las que sí, monopolizando su control.

Por eso, en las manos del capitalista, mientras prevalezca este sistema, el desarrollo de la ciencia y la tecnología y su aplicación a la producción no son solamente parte del proceso dialéctico del desarrollo de las fuerzas productivas (que nunca se detiene y determina todo el desarrollo de la sociedad) y que debería liberar al hombre, al hacer el trabajo más fácil, más productivo y hacer formalmente posible la reducción de la jornada. 

En el capitalismo, la ciencia y su aplicación se convierten en instrumentos de explotación. Dice Marx: “la técnica secuestra la capacidad total del trabajador, la reducción del tiempo de trabajo por la productividad es una abstracción marchita (…) convierten al obrero en un autómata dotado de vida (…) en un componente vivo del taller”*.

Es un hecho que en el capitalismo la capacidad productiva ha alcanzado niveles nunca vistos, acercándonos, por lo menos en la posibilidad formal, a alcanzar la satisfacción de todas las necesidades de todos los hombres, acabar con la pobreza y sus engendros malignos: hambre, enfermedad, guerra, delincuencia, etcétera.

Pero no en el capitalismo. La incansable búsqueda de plusvalía ha sido motor de la ciencia y tecnología, pero hasta determinado punto, después del cual inevitablemente se vuelve su contrario. Los avances en ciencia, producción y desarrollo social en general, si en algún modo se contraponen al objetivo general de generar plusvalía, no solo no se realizarán, sino que serán evitados, perseguidos y castigados; contra cualquier intento de afectar el proceso de obtención de ganancia se puede usar todo, la represión, el homicidio, la guerra, el genocidio y lo más terrible que usted, amable lector, conozca o pueda imaginarse.

De ahí, por ejemplo, el fenómeno de almacenes repletos de mercancías satisfactorias de las más variadas necesidades (algunas vitales), por un lado, y por el otro una inmensa masa de personas famélicas sin acceso a esos satisfactores, a pesar de haber sido estas las que los produjeron con sus manos, con su trabajo productivo. El sistema se vuelve, así, de motor del desarrollo en su camisa de fuerza, en un lastre fatal e insalvable por sí mismo.

El sistema, por su propio desarrollo, debe desaparecer para dar paso a otro superior que solucione la contradicción y vuelva a liberar las fuerzas productivas. ¿Cómo, cuándo y por qué vías?, ¿qué formas sociales concretas tomará en el proceso y cuánto durará? Eso lo resolverán los pueblos con su acción social y en función de su propia cultura. 

Los grandes pensadores, los científicos, solo se han atrevido a adelantar los estados más determinantes de su constitución: la propiedad común sobre los medios de producción, la desaparición de la “ganancia” como fin de la producción, cuyo verdadero fin será la satisfacción de las necesidades del conjunto social universal; y su nombre identificador: comunismo.

*Karl Marx, Fragmentos del capítulo VI inédito del tomo I de “El capital”
 

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