MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

La letra escrita vive

image

• El Movimiento Antorchista celebró en Texcoco su IV Jornada Nacional de Declamación con poemas de protesta

Después del último verso, los poemas siguen hablando. Es lo que dejó la cuarta Jornada Nacional de Declamación del Movimiento Antorchista del Estado de México, que reunió a niños, jóvenes y adultos alrededor de textos sobre la pobreza, el campo, las guerras, el dolor y las injusticias.

Un día después, quedan las voces de quienes subieron al escenario y descubrieron que recitar un poema también puede ser una forma de transformar el mundo.

En lugar de escribir una crónica "tradicional", decidí preguntar al azar a los participantes: ¿qué significaba para ellos su poema?. Este texto es el resultado.

Los nervios llegaron antes que el primer verso. Se notaban en el Teatro Auditorio Nezahualpilli de la Escuela de Bellas Artes de Texcoco, en los rincones donde algunos participantes ensayaban por última vez.

Desde la butaca, subir al escenario parece sencillo: un micrófono, unas luces, un espacio vacío. Desde dentro, no.

María de Jesús Hernández Navarro, de Texcoco, lo sabía. Le habían dado un consejo: mantenerse segura.

Y eso hizo. "La verdad, pues, un poco nerviosa, pero pues me dijeron: siéntete segura, y pues eso fue lo que hice".

La cita formó parte de la Jornada Nacional del 27 de septiembre, que llevó simultáneamente la poesía a las capitales de los 32 estados. La convocatoria de este año se dedicó a los poetas revolucionarios de Centroamérica y el Caribe.

Hacia allí viajaron los declamadores: al campo, a la guerra, al dolor, a la necesidad de que el mundo cambie y de que seamos hombres nuevos y sensibles.

Jonathan Rueda, de Ixtapaluca, llevaba semanas preparándose. Reconoció los nervios.

Su poema, "Padre de nuestro maíz", del guatemalteco Werner Ovalle López, canta a la milpa y a la tierra. Quiso recordar a quienes trabajan de sol a sol para que la comida llegue a la mesa de los demás.

Y lamentó que la declamación se practique poco en las escuelas mexicanas; por eso cree que jornadas así deben seguir realizándose.

Silvia Ruiz participaba por primera vez. Eligió "Oda a la pobreza" de Pablo Neruda.

Lo que me llamó la atención fue cómo lo explicó: no como una cifra ni una categoría abstracta, sino como "un mensaje de lucha". Ahí la declamación dejó de ser un ejercicio de memoria.

Había que aprender los versos, sí, pero también entenderlos y conseguir que otro los entendiera.

Lucero Velazco, estudiante y activista de Chimalhuacán, había competido antes, pero debutaba en la categoría de activista, y eso le produjo nervios y expectación. No rechaza los poemas de amor, aclaró.

Pero cree que los poetas deben mirar también hacia las injusticias y los problemas cotidianos. "El ser humano no puede ser libre viviendo en la pobreza", dijo.

Así fue apareciendo una idea: la poesía como reclamo, como pregunta, como manera de nombrar lo que normalmente se vuelve paisaje. Brenda Vanessa llegó a ella por otro camino.

Su poema criticaba a quienes tienen el poder y, por eso mismo, dijo, puede generar conciencia. Hay algo antiguo en esa relación: las palabras no necesitan muchas páginas para incomodar.

A veces basta con que alguien las diga en voz alta. Para Brenda, la poesía es un arte sensible que guarda un mensaje profundo que hay que interpretar.

Arlet Balbuena dirigió su poema a Dios, en forma de reclamo por las guerras: si es todopoderoso, ¿por qué las permite?. Su hermana Daniela también participó.

Las palabras no necesitan muchas páginas para incomodar. A veces basta con que alguien las diga en voz alta.

Recitó un poema sobre Puerto Rico, sus conquistas y su relación con Estados Unidos. Al principio no lo comprendía del todo.

Fue su padre quien empezó a explicárselo. Entonces entendió: era una poesía de reclamo, y también de esfuerzo.

Le pasó lo que suele ocurrir al aprender un poema de memoria: primero se aprenden las palabras; después se descubre qué hay detrás. "Me parece una poesía muy hermosa, con mucho significado", dijo.

Quizá esa sea una de las pequeñas transformaciones de una jornada así: el poema que estaba en una página termina viviendo en otra persona.

Sinuhé Molina eligió a César Vallejo para hablar del dolor humano, de cómo crece y atraviesa toda experiencia. Y al explicar qué le daba la poesía, dijo algo menos solemne y quizá más revelador: que le ayuda a ordenar las ideas, a poner secuencia en la cabeza.

La poesía, entonces, no era sólo emoción. Era también una forma de pensar.

Hubo niños, jóvenes y adultos; quienes repetían y quienes subían por primera vez. Hubo también equivocaciones y momentos en que la memoria jugó en contra.

Nada extraño: declamar exige aprender, comprender, memorizar y enfrentarse al público. Y el concurso añade una presión más, la calificación.

Por eso, cuando llegaron los resultados, la tensión cambió de naturaleza.

Ya había nombres, lugares, aplausos. El ingeniero Gabriel Hernández García, dirigente de Antorcha en Los Reyes-La Paz, autor de "Letras Fugitivas", presidente del jurado y encargado de darlos a conocer, insistió en colocar la competencia en otro sitio.

"La poesía se disfruta, la poesía se siente, la poesía educa y hace sentir muchas cosas", dijo. A quienes no obtuvieron una calificación favorable les pidió no darse por perdidos: habían subido a un escenario, controlado los nervios, expresado ideas, enfrentado al público.

Y habían trabajado. La competencia era, así, una paradoja: se entregaron premios, pero el aprendizaje no cabe en una posición.

Los ganadores pueden consultarse en los resultados oficiales.

Lo que queda aquí es otra cosa: la voz de María de Jesús venciendo los nervios; la de Jonathan hablando de los campesinos; la de Silvia intentando convertir la pobreza en mensaje; la de Lucero reclamando una poesía que mire las injusticias; la de Brenda sobre el poder y la conciencia; la de Daniela descubriendo el sentido político de un poema sobre Puerto Rico; la de Sinuhé quien eligió a Vallejo para hablar del dolor.

Todas distintas. Todas pronunciando palabras que no habían escrito y que, sin embargo, tuvieron que hacer suyas antes de decirlas.

Quizá por eso la poesía sobrevive en el escenario. Un poema no termina necesariamente con el último verso.

A veces empieza entonces, cuando alguien que lo escuchó piensa en lo que acaba de oír, o cuando quien lo recita descubre que esas palabras también hablaban de su propia realidad.

La jornada terminó con aplausos. Pero la poesía, para algunos de los presentes, apenas había comenzado.

0 Comentarios:

Dejar un Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados *

TRABAJOS ESPECIALES

Ver más