MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

Educar para transformar, no sólo para sobrevivir

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• En México, 24 millones de adultos sufren rezago académico y el reto actual exige crear ciudadanos críticos

Hace unos días tuve el privilegio de ser padrino de generación en el Jardín de Niños Gabriela Mistral y en la Escuela Primaria Francisco Javier Mina. Confieso que acepté la invitación con la alegría de quien acompaña un momento importante en la vida de decenas de niños.

Sin embargo, al terminar ambas ceremonias comprendí que aquella experiencia me había dejado una reflexión mucho más profunda: el mayor desafío de México no es únicamente que nuestros hijos permanezcan en la escuela, sino qué tipo de ciudadanos estamos formando.

Mientras observaba a los pequeños recibir sus documentos, abrazar a sus maestros y tomarse fotografías con sus familias, pensaba que la educación no puede reducirse a aprobar exámenes, entregar certificados o repartir becas. Educar significa despertar la curiosidad, cultivar la disciplina, enseñar solidaridad, desarrollar la inteligencia y formar seres humanos capaces de pensar por sí mismos.

Eso fue precisamente lo que intenté transmitirles en ambos discursos. A los niños del jardín les pedí que nunca dejaran de preguntar, porque la curiosidad es el origen del conocimiento; que ayudaran siempre a los demás, porque ninguna sociedad puede sostenerse sobre el egoísmo; y que jamás se rindieran, porque el esfuerzo es la única forma de conquistar metas verdaderas. 

A los alumnos de primaria les recordé el ejemplo de Francisco Javier Mina, un joven que entendió que la vida adquiere sentido cuando se pone al servicio de los demás. También hablé a los padres sobre uno de los mayores retos de nuestro tiempo: impedir que un teléfono celular sustituya la convivencia familiar, la lectura, el deporte, el arte y el estudio.

Mientras pronunciaba esas palabras comprendí que esa conversación difícilmente aparece en el debate público nacional. Hoy se discute cuántas becas se entregan, cuánto dinero reciben determinados sectores o cuántos programas sociales existen, pero casi nadie pregunta qué tipo de mexicanos estamos formando para las próximas décadas.

Los datos son preocupantes.

De acuerdo con cifras recientes del Inegi, más de 24 millones de mexicanos mayores de quince años permanecen en rezago educativo. A ello se suman más de 23 millones de adultos que no concluyeron el bachillerato. 

Hace apenas dos ciclos escolares, casi 13 millones de niños y jóvenes de entre seis y 24 años permanecían fuera del sistema educativo pese a la existencia de programas de apoyo económico. 

La realidad demuestra que las transferencias monetarias, por sí solas, no resuelven el problema de fondo. Como bien señala Francisco V. Figueroa, las soluciones momentáneas alivian los síntomas, pero no eliminan las causas de la desigualdad.

La educación necesita mucho más que dinero. Necesita maestros comprometidos, familias involucradas, espacios culturales, instalaciones deportivas, bibliotecas, ciencia, arte y una comunidad organizada que haga de la formación de los niños una responsabilidad colectiva.

Eso explica por qué en el Movimiento Antorchista nunca hemos entendido la educación como un asunto limitado al salón de clases. Durante más de cinco décadas hemos impulsado escuelas donde la enseñanza académica camina junto con la formación artística, deportiva y humanística. 

Miles de estudiantes participan cada año en concursos de oratoria, declamación, matemáticas, escoltas, rondallas, música, teatro y ajedrez; en las Espartaqueadas cultural y deportiva; en encuentros nacionales de danza, poesía y voces. 

No se trata de actividades complementarias para llenar el tiempo libre. Se trata de una concepción distinta de la educación: formar hombres y mujeres cultos, disciplinados, sensibles y capaces de poner su talento al servicio de la sociedad.

Quien observa cualquiera de estos eventos entiende que allí no se aprende a competir. Se aprende a trabajar en equipo, a respetar reglas, a valorar el esfuerzo, a dominar los nervios, a estudiar con disciplina y a reconocer que el desarrollo individual sólo alcanza su plenitud cuando contribuye al bienestar colectivo.

Por eso las ceremonias de graduación me dejaron una enseñanza inesperada. Ser padrino no consistió únicamente en dirigir unas palabras emotivas a un grupo de niños, padres de familia y maestros. 

Fue la oportunidad de confirmar que educar sigue siendo el acto más profundamente político que puede realizar una sociedad. Un pueblo verdaderamente educado piensa, cuestiona, se organiza y transforma su realidad. Un pueblo al que sólo se le ofrecen soluciones pasajeras aprende, cuando mucho, a sobrevivir.

México necesita mucho más que apoyos temporales. Necesita una educación que forme ciudadanos críticos, trabajadores, solidarios y cultos; una educación que no aspire únicamente a disminuir la pobreza, sino a eliminar las condiciones que la producen. 

Esa ha sido, desde hace más de 50 años, la apuesta del Movimiento Antorchista y, después de haber compartido con dos generaciones el inicio de una nueva etapa de sus vidas, estoy convencido de que sigue siendo el camino correcto.

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