El Movimiento Antorchista es una organización que desde hace más de 50 años trabaja por transformar el país en el que vivimos. ¿Cómo lo hace? No con discursos vacíos ni promesas que se diluyen en la política tradicional, sino mediante un método probado: educar y organizar al pueblo de México. Esa ha sido su bandera desde su origen, y parte esencial de esta labor se expresa en los concursos de poesía, coro, danza y, especialmente, en el Encuentro Nacional de Teatro, uno de los proyectos culturales más sólidos del país.

Este 28, 29 y 30 de noviembre, Antorcha llevará a cabo el XXIV Encuentro Nacional de Teatro, que regresa a la cuna del Movimiento: el emblemático municipio de Tecomatlán, en el estado de Puebla. El escenario principal será el recién inaugurado Teatro Aquiles Córdova Morán, una obra de gran calidad arquitectónica y técnica, a la altura de los mejores recintos culturales de México, acompañado por el auditorio municipal. No es casual que el teatro vuelva a Tecomatlán; es ahí donde nació la filosofía que sostiene este esfuerzo: la convicción de que el arte debe ser un instrumento de liberación del ser humano.

El teatro, tradicionalmente, ha sido el espejo de la realidad y una herramienta para cuestionar los problemas de una sociedad. Las grandes obras universales han servido para denunciar injusticias, retratar desigualdades y proponer caminos para comprender la naturaleza humana. Sin embargo, en los tiempos actuales, esta función se ha ido diluyendo. En gran medida, los medios de comunicación masivos y las grandes televisoras han reducido el teatro a un producto comercial, superficial y sin contenido social. Se privilegia lo fácil, lo inmediato, lo que entretiene sin pensar. Y esa tendencia no es exclusiva de México; es característica de todo el sistema capitalista, donde el arte se consume como mercancía y no se fomenta como una herramienta para elevar la conciencia de la gente.

Hoy, hablar de verdaderos dramaturgos contemporáneos comprometidos con la realidad del pueblo es casi imposible. En su lugar, proliferan expresiones que se autodefinen como “arte contemporáneo”, que muchas veces carecen de sentido y no logran conectar con la vida cotidiana de las personas. Performances vacíos, propuestas sin sustancia y obras que no reflejan la vida de la mayoría se han vuelto parte del panorama cultural. Pero el problema no es solo estético: es político. Un pueblo sin acceso al arte verdadero es un pueblo que pierde la capacidad de cuestionar y de buscar transformaciones profundas.
Frente a este escenario, el Movimiento Antorchista destaca como una de las pocas organizaciones, si no es que la única, que coloca el arte en el centro de la formación del ser humano. Para Antorcha, el teatro no es un lujo ni un entretenimiento aislado, sino un medio educativo para despertar pensamiento crítico. Y una de sus mayores fortalezas está en quienes participan: no son actores profesionales, no viven del escenario ni cobran sumas millonarias. Son jóvenes, maestros, colonos, campesinos y obreros, personas que llevan en la piel las injusticias sociales que interpretan sobre el escenario.

Esa es la riqueza del teatro antorchista, mientras otros necesitan academias especializadas, nuestros actores llevan como experiencia el hambre, la pobreza, la explotación laboral, el abandono gubernamental. No es solo actuación: es testimonio vivo. Poner a una persona sin estudios teatrales a interpretar obras clásicas y sociales podría parecer una desventaja, pero es todo lo contrario; se convierte en herramienta poderosa, porque ese actor entiende, sufre y conoce de primera mano lo que la obra denuncia. Su vida cotidiana alimenta la autenticidad de cada personaje.

Además, llegar al escenario del Encuentro Nacional no es sencillo, los grupos de teatro antorchistas deben sortear múltiples obstáculos: tocar puertas de gobiernos donde la cultura rara vez es prioridad, realizar colectas públicas, vendimias, rifas, presentaciones callejeras, incluso pedir prestado a familiares o amigos. Todo esto porque el presupuesto para cultura se ha reducido año tras año, cerrando oportunidades a quienes aman la danza, la declamación, la música y el teatro. Quienes tienen pasión por el arte se enfrentan a políticas que, lejos de impulsarlos, los condenan a la marginación cultural.
Antorcha, en cambio, mantiene abiertos sus espacios. Sus concursos son gratuitos y dirigidos especialmente a los más pobres. Aquí el teatro sigue vivo para el pueblo, no para elites culturales. Aquí el arte mantiene su función original: decir la verdad, denunciar injusticias y educar al ser humano.

Es importante que el pueblo de México entienda que la realidad en la que vive puede cambiar. No estamos condenados a este modelo económico que genera sufrimiento, carencias y desigualdad. Antorcha lo sabe porque convive todos los días con las necesidades de la gente: la falta de empleo digno, la pobreza, la violencia, la carestía, la explotación. Y por eso está convencida de que tarde o temprano este país va a transformarse a favor de quienes más lo necesitan.
Y mientras exista un solo actor popular dispuesto a subirse al escenario para contar la verdad del pueblo, Antorcha seguirá impulsando el arte como la mayor fuerza cultural de la transformación social.
0 Comentarios:
Dejar un Comentario