• Aquiles Córdova alerta sobre el afán por controlar cuatro minerales estratégicos que amenazaría la vida en el planeta
Mientras millones de seres humanos enfrentan diariamente el hambre, la pobreza, el desempleo y la falta de oportunidades, resulta alarmante que buena parte de los gobiernos más poderosos del mundo destinen enormes recursos al fortalecimiento de sus arsenales militares y a la confrontación geopolítica.
La paz no será producto de los discursos de las potencias, sino de la organización de millones de ciudadanos decididos a defender su derecho a vivir en un mundo donde los recursos se destinen a erradicar la pobreza y no a perfeccionar los instrumentos de destrucción.
En lugar de concentrar sus esfuerzos en resolver los problemas que amenazan la vida de millones de personas, parecen apostar por una peligrosa carrera que podría desembocar en un conflicto bélico de dimensiones impredecibles.
La historia demuestra que las guerras nunca benefician a los pueblos. Son las familias trabajadoras quienes pagan el precio más alto: pierden a sus seres queridos, ven destruidas sus comunidades y padecen crisis económicas que profundizan aún más la desigualdad.
Las imágenes de niñas y niños desplazados, ciudades devastadas y poblaciones enteras sumidas en la miseria deberían bastar para comprender que la humanidad no puede seguir transitando por ese camino.
En este contexto cobran relevancia las advertencias realizadas por Aquiles Córdova Morán, dirigente nacional del Movimiento Antorchista, quien, durante la ceremonia de clausura de las instituciones de educación superior de Tecomatlán, Puebla, alertó sobre el creciente riesgo de una confrontación mundial derivada de la disputa entre las grandes potencias económicas por el control de los recursos naturales, los mercados y las fuentes de energía.

Su análisis parte de una realidad evidente: las principales economías del planeta compiten cada vez con mayor intensidad por minerales estratégicos como el litio, el níquel, el cobalto y el cobre, indispensables para el desarrollo tecnológico y la transición energética. A ello se suma el incremento histórico del gasto militar y la modernización constante de los arsenales nucleares, hechos que revelan un escenario internacional cada vez más tenso e incierto.
Especialmente significativa resulta la rivalidad entre Estados Unidos y China. El acelerado crecimiento industrial, científico y tecnológico de la nación asiática ha modificado el equilibrio económico mundial y ha intensificado la competencia por los mercados, las cadenas de suministro y las materias primas estratégicas.
En ese contexto, las presiones diplomáticas, económicas e incluso militares se convierten en herramientas para defender intereses económicos antes que para garantizar la paz entre las naciones.
Desde esta perspectiva, los estados nacionales y la soberanía sobre los recursos naturales representan un obstáculo para quienes buscan apropiarse de las riquezas de otros pueblos.

Cuando un país se resiste a esos intereses, suelen aparecer primero las sanciones económicas, las presiones políticas y las campañas de desestabilización; posteriormente, la amenaza del uso de la fuerza deja de ser una posibilidad remota para convertirse en un riesgo real.
Sin embargo, el panorama no debe conducir al pesimismo ni a la resignación. La historia también enseña que los pueblos organizados han sido capaces de detener procesos injustos y de defender sus derechos.
De ahí la importancia del llamado realizado por Aquiles Córdova a fortalecer la organización consciente de los trabajadores y de la sociedad en general, convencido de que la riqueza del mundo es producto del trabajo humano y que son precisamente los pueblos quienes poseen la fuerza suficiente para impedir que los intereses de unos cuantos conduzcan a la humanidad hacia una nueva tragedia.
Su mensaje no se limitó a advertir sobre los riesgos internacionales. También convocó a los jóvenes egresados a ejercer sus profesiones con un profundo compromiso social, particularmente a quienes dedicarán su vida a la docencia, pues formar ciudadanos críticos constituye una de las tareas más importantes para construir una sociedad capaz de comprender la realidad y transformarla.

Igualmente relevante fue su defensa del arte, la cultura y las tradiciones nacionales como elementos esenciales para fortalecer la identidad de México y preservar su soberanía cultural frente a las influencias externas.
Una nación que conoce su historia, valora su cultura y comprende los intereses que se disputan en el escenario internacional está mejor preparada para defender su independencia y construir un futuro más justo.
Hoy más que nunca, la humanidad enfrenta una decisión trascendental: permitir que la lógica de la competencia económica y militar conduzca a una nueva guerra o impulsar una verdadera política de cooperación que coloque en el centro la vida, la justicia social y el bienestar de los pueblos.
La paz no será producto de los discursos de las potencias, sino de la organización, la conciencia y la participación activa de millones de ciudadanos decididos a defender su derecho a vivir en un mundo donde los recursos se destinen a erradicar la pobreza y no a perfeccionar los instrumentos de destrucción.
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