• Las empresas usan clasificaciones engañosas para manipular al consumidor sobre la calidad nutricional de sus productos
¿Confiar o no confiar?, esa es la cuestión. Entramos al supermercado, tomamos una bolsa o una caja, leemos unas palabras y decidimos confiar.
Confiamos en que, si un pan dice que tiene determinada cantidad de azúcar, efectivamente la tiene. Que, si una sopa dice "sabor a pollo", sabemos qué significa. Que, si un producto presume ser integral, artesanal o saludable, esas palabras corresponden con lo que compramos.
No tenemos otra opción. No podemos llevar un laboratorio al supermercado.
Por eso existen las etiquetas, las normas y organismos como la Procuraduría Federal del Consumidor (Profeco), en otras palabras, el Estado, que se supone debe protegernos de estas mentiras de la industria de la comida.
El problema aparece cuando descubrimos que la etiqueta no siempre cuenta exactamente la historia del producto y que la Profeco sólo puede "recomendar", no sancionar. En realidad, no hay castigo para los infractores.

Porque no solamente nos mienten, también cambian las palabras con las que ocultan sus mentiras. En octubre de 2026, Profeco publicó un nuevo estudio sobre cereales de caja que analizó 43 productos y realizó 2 mil 942 pruebas.
Se revisó la información comercial, el contenido neto, el aporte nutrimental, los azúcares, los minerales y el contenido energético. Los resultados revelaron un panorama preocupante.
Productos como Dasavena Cereal Artesanal declaraban 12.5 gramos de proteína por 100 gramos, pero contenían sólo 10.6. Wipala Cereal de quinoa y arroz declaraba diez gramos de proteína y contenía 6.6, además de declarar cero miligramos de sodio cuando en realidad tenía 416.
Selecto Brand Choco Bolitas declaraba 400 gramos de producto neto, pero contenía 375.4. Groovies Tropical Frootys declaraba dos gramos de grasa por 100 gramos, pero contenía 3.9.
Nüwa Barrinolas Cereal Canela y Cocoa presentaban denominaciones incorrectas: decían ser "cereal proteico" cuando en realidad estaban compuestos por soya y almidón de tapioca, no por cereales. Además, declaraban menos grasa y menos sodio del que contenían.

El estudio también encontró que doce productos no cumplieron con los requisitos de etiquetado de la NOM-051-SCFI/SSA1-2010. Siguiendo con etiquetas engañosas, en abril de 2024, Profeco publicó otro estudio, este sobre pan de caja que analizó en 46 marcas y realizó 489 pruebas.
Se revisó la información comercial, el contenido nutricional, las calorías, proteínas, grasas, azúcares, carbohidratos, fibra, sodio y aspectos de calidad sanitaria. Aparecieron diferencias difíciles de explicar como simples errores de impresión o "descuidos".
Un Bimbo Cero Multigrano declaraba 1.2 gramos de azúcares, pero el laboratorio encontró 4.3. El Molino Blanco de Mateo Pan de linaza declaraba tres gramos y presentó 7.7.
Extra Special declaraba tres y registró 5.7. Un patrón que se repite, ¿teoría conspirativa? Definitivamente, no.
Hace casi un siglo, Edward Bernays publicó "Propaganda" (1928), un libro que hoy resulta incómodo porque habla abiertamente de algo que la comunicación moderna presenta con palabras más amables: la posibilidad de influir —manipular, si usted no tiene prejuicios— sobre la opinión pública mediante la psicología, los símbolos y la organización sistemática de mensajes.
En su libro, Bernays dedicó un capítulo a "The Psychology of Public Relations" (La psicología de las relaciones públicas). Su planteamiento no es simplemente que la gente pueda ser engañada con una mentira.
Es más sofisticado: las personas viven dentro de grupos, instituciones, símbolos y opiniones previamente construidas. Quien entiende esos mecanismos puede intervenir sobre la manera en que una sociedad interpreta determinados asuntos.
Hay un sistema alimentario que hace extraordinariamente fácil consumir grandes cantidades de azúcar y productos ultraprocesados, y el Estado no nos protege de estos abusos.
Existe una forma de persuasión mucho más discreta que inventar un dato: consiste en cambiar el marco desde el cual interpretamos ese dato.
Durante décadas, la industria alimentaria desarrolló productos cada vez más atractivos y aprendió que el azúcar podía aparecer bajo distintas formas y denominaciones: fructosa, glucosa, dextrosa, sacarosa, azúcar invertido, jarabe de maíz, jarabe de maíz de alta fructosa, pero no directamente "azúcar".
El documental Fed Up (2014) llevó esa discusión al terreno público y cuestionó la idea de que el problema de la obesidad pudiera reducirse simplemente a "comer menos y hacer más ejercicio".
Su argumento central era otro: hay un sistema alimentario que hace extraordinariamente fácil consumir grandes cantidades de azúcar y productos ultraprocesados, y de nuevo, el Estado no nos protege de estos abusos.
El fenómeno resulta todavía más grave cuando abandona el mundo empresarial y entra en el lenguaje político y social. Durante años hablamos de pobreza.

Después comenzaron a utilizarse categorías más específicas: pobreza extrema, pobreza moderada, pobreza alimentaria, carencias sociales, vulnerabilidad. Estas categorías son eufemismos que pretenden ocultar la realidad.
Muchas forman parte de metodologías estadísticas y buscan enmascarar un fenómeno en una serie de categorías absurdas. El problema aparece cuando el ciudadano deja de percibir el fenómeno que existe detrás de las categorías.
Una familia puede ser clasificada estadísticamente de una determinada manera, y, sin embargo, el hambre, la inseguridad, la falta de vivienda digna, pavimento o agua, no desaparecen por clasificarlas como familias con "carencia social".
Y si un alimento coloca en letras grandes una palabra que evoca salud, mientras la información relevante queda escondida en otra parte del empaque, la batalla ya no ocurre únicamente por el contenido del producto. Ocurre por el significado que construimos alrededor de él.
Casi cien años después de que Bernays escribiera "Propaganda", su pregunta sigue siendo incómoda y actual. La vida moderna está rodeada de mensajes.
Empresas que quieren vender. Gobiernos que hacen estos estudios y que finalmente no sancionan a nadie. Partidos que quieren obtener votos. Organizaciones que quieren legitimidad.
Por eso, el cambio de nombre importa. Y entonces regresamos al supermercado.

Ahí estamos otra vez. Frente a una caja. Frente a una bolsa. Frente a una etiqueta. Leyendo. Confiando. Tomando una decisión en unos cuantos segundos.
Y quizá esta sea la conclusión más incómoda: la etiqueta no es el producto.
Es la versión del producto que la empresa quiere que nosotros conozcamos. Y entre ambas cosas puede existir una distancia mucho mayor de la que imaginamos.
Por eso, le respondo a muchos de mis amigos y ex compañeros de trabajo por qué creo que hay que unirse en un movimiento social para "cambiar el mundo".
La respuesta es simple: en la actualidad no podemos confiar en lo que los corporativos nos "informan".
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