Cuando mi cantar se pierda
en el silencio sin fin,
que se distribuya todo
cuanto en vida poseí:
dejo a los esclavos de alma
que llevan yugo servil,
el odio que contra todas
las tiranías sentí;
la ecuanimidad sin ídolos
que siempre me hizo sentir
mi conciencia de hombre libre,
dejo al fanatismo vil;
mi amor a la humanidad
sin frontera ni país,
dejo a los buenos que luchan
por el fraterno vivir;
los tesoros de belleza
de los versos que escribí,
dejo a los menesterosos
del estético sentir;
mis ansias de perfección
dejo al humano redil…
¡Que se distribuya todo
cuanto en vida poseí!
Pero el pensamiento íntimo
que me ayude a bien morir,
el de que te amé hondamente
siendo con ello feliz,
ese pensamiento, Amada,
sólo te lo dejo a ti.