MOVIMIENTO ANTORCHISTA NACIONAL

A propósito del Día Internacional de los Pueblos Indígenas

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 * Rezago estructural y hasta 85 % en pobreza amenazan la vida en comunidades originarias

Localidades como Guadalupe Victoria, pertenecientes a la cabecera municipal de Xochistlahuaca, Guerrero (territorio amuzgo, N’anncue), son prueba de que la historia de los pueblos originarios de nuestro país está intrínsecamente ligada a niveles estructurales de marginación, exclusión y despojo.

Cuando una lengua se extingue, no sólo se pierde un sistema de comunicación; se desvanece una cosmovisión completa de un pueblo y su memoria histórica.

Como en diversas geografías del mundo donde los pueblos originarios defienden con firmeza su existencia, ellos han presenciado una continua reducción de su espacio; antes de la invasión y el sometimiento colonial, los pueblos ancestrales habitaban vastas extensiones de territorio.

Sin embargo, tras siglos de presiones externas y abandono estatal, las comunidades se ven obligadas a sostener una resistencia diaria para preservar sus tierras, sus formas de organización y sus lenguas maternas.

Esta situación no es un fenómeno aislado; en la actualidad existen alrededor de 196 grupos indígenas aislados en todo el planeta. A diferencia de naciones consolidadas en el norte del continente, se calcula que la mitad de estos grupos no sobrevivirá en los próximos diez años si los gobiernos y las corporaciones no frenan la tala desmedida y la extracción despojadora de recursos en sus territorios ancestrales, de los cuales depende estrictamente su supervivencia física y cultural.

En el marco del 32 aniversario del Día Internacional de los Pueblos Indígenas, proclamado por la ONU en 1994, resulta indispensable confrontar la realidad de México, ya que, de acuerdo con datos del Instituto Nacional de Lenguas Indígenas (Inali), en nuestro país existen 68 agrupaciones lingüísticas originarias pertenecientes a once familias lingüísticas, de las cuales se derivan 364 variantes habladas por aproximadamente siete millones de personas.

Esta diversidad coloca a nuestro país entre las diez naciones con más lenguas originarias a nivel mundial y en segundo lugar en América Latina.

Cifras oficiales, sin embargo, revelan que el 60 % de las lenguas indígenas, seis de cada diez, se encuentran en riesgo de extinción, mientras que 64 variantes están en peligro de desaparecer al no contar con el soporte institucional para difundirlas, enseñarlas y protegerlas.

Desde una perspectiva estrictamente lingüística, todas las lenguas tienen el mismo valor intrínseco; ninguna es superior a otra. El español no es mejor que las lenguas originarias; la diferencia radica en que el español es una lengua que cuenta con todos los medios institucionales, presupuestales y mediáticos a su favor, mientras que las lenguas indígenas enfrentan una invisibilización constante y carecen de espacio en los medios oficiales.

Las proyecciones internacionales advierten que más de la mitad de las lenguas del mundo habrán desaparecido para el 2100, con una tasa de pérdida estimada de una lengua indígena cada dos semanas. Cuando una lengua se extingue, no sólo se pierde un sistema de comunicación; se desvanece una cosmovisión completa de un pueblo y su memoria histórica.

Aunque el artículo dos de la Constitución reconoce a nuestro país como una nación pluricultural sustentada en sus pueblos originarios y se compromete a preservar sus lenguas, y el artículo tercero señala que la educación en nuestras comunidades debe ser plurilingüe e intercultural, la práctica dista del marco legal; la discriminación persistente y la falta de políticas públicas con pertinencia cultural continúan acelerando el desplazamiento lingüístico.

En el Censo de Población de 2020, México registró 126 millones de habitantes, de ellos sólo siete millones 600 mil hablaban alguna lengua originaria; encabezadas por el náhuatl con un millón 650 mil, el maya con 774 mil, el tzeltal con 589 mil, el tzotzil con 550 mil, el mixteco con 526 mil y el zapoteco con 490 mil. 

Sin embargo, 23 millones de personas se autorreconocieron como indígenas; es decir, personas que se reconocen pertenecientes a un pueblo originario aunque hayan perdido el dominio de su lengua materna.

Por otro lado, el estado de Guerrero se ubica en el segundo lugar con mayor índice de pobreza en México, sólo por detrás de Chiapas. En esta entidad, el 58.1 % de la población se encuentra en situación de pobreza, el 21.3 % en pobreza extrema y el 55.3 % en pobreza laboral; en regiones como Costa Chica (donde se ubica Xochistlahuaca) y la Montaña, los indicadores son aún más agudos, la pobreza multidimensional en varios de estos municipios supera el 85 %, situándolos de manera persistente en los niveles de mayor vulnerabilidad económica y social del país.

Hablamos de una cantidad enorme de personas que forman parte de una diversidad cultural; resulta imposible desvincular la agonía de una lengua del nivel de marginación económica y social en el que sobreviven sus hablantes. 

La vulnerabilidad de los amuzgos y la extinción progresiva de las lenguas indígenas en México no son accidentes del tiempo, sino la consecuencia directa del rezago en infraestructura, la falta de escuelas verdaderamente bilingües y el abandono histórico del Estado. 

Garantizar la supervivencia de las lenguas originarias exige, antes que nada, saldar la deuda de infraestructura básica y derechos territoriales con los pueblos que las sustentan.

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